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Valencia abre su paladar (por fin) al México refinado

David Blay Tapia
Hay más personas, al menos que yo conozca, que han viajado a la Riviera Maya que al DF. Y sin embargo, la mayoría asocia la comida mexicana a los lugares comunes habitados por tacos, guacamoles, enchiladas y suaves cervezas.

Si les preguntas a la mayoría, muchos te dirán que no les apasiona ese tipo de gastronomía. Otros, que aparte de algún ceviche (que consideran exclusivamente peruano) no conciben recetas fuera de las ya nombradas. Y si hablamos de público valenciano, esta tendencia se acentúa.

Cada vez más la ciudad se abre a nuevas propuestas, aunque siendo sinceros no todas acaban por cuajar. Al fin y al cabo, queramos o no, el cosmopolitismo de Madrid y Barcelona genera gustos que aquí tardan en calar. Que se lo digan a Picsa, referente en la capital y fracaso en menos de un año a orillas del Turia.

Pero hay factores externos que influyen en la percepción. En el boca a boca. Y uno de sus mejores ejemplos lo constituye, desde hace algo más de dos años, Taquería La Llorona. Sabroso. Con un ticket medio asequible. Con recetas divertidas. Y rompedor de mitos en torno a las acostumbradas franquicias que hasta hace bien poco poblaban nuestras calles.

Dicen los escaladores que, aunque sepas que algún día quieres subir el Everest, debes comenzar por cumbres pequeñas. Y probar si eres capaz de aguantar los vaivenes de una montaña, muy similares a las modas de los consumidores. Y eso fue lo que hizo José Gloria. Y lo que hoy le permite tener abierto su sueño real: Casa Amores.

Partamos de dos bases: el chef es una buena persona. Algo que puede parecer accesorio, pero en realidad no lo es. Se trata de alguien que delega su primer éxito en un equipo de confianza. Que, al ser padre, comprende la importancia de la conciliación y está luchando porque su gente libre hasta tres días a la semana. Y que explica con amabilidad a todo el que quiere escucharle las bondades (reales) de la cocina de su país.

La segunda habla de ofrecer productos y recetas de primera calidad a sus invitados. Y de convertirse, casi sin quererlo, en embajador de los verdaderos sabores de su tierra. Esa que baña el Caribe y que plasma en una croqueta marinera a la que añade alioli como guiño a su ciudad de adopción. En el mini broche de langostinos y bogavante. En la crujiente y sabrosa tostada de atún y puerro o en el ceviche de pescado azul, ambos con un sorprendentemente sabor a estar cocinados a la llama.

No renuncia, porque nadie en su juicio podría hacerlo, a la tradición carnívora de sus raíces. Y así, quien esté interesado puede encontrar desde una piernita de cochinillo hasta un huarache con pollo al ajillo. Pero el verdadero tesoro del local es lo marino. Los sabores desconocidos, en su mayoría. Y los platos que tan bien suenan fonéticamente.

Los restaurantes de buen pescado tienen un precio más alto que el de la media, pero sales encantado si tomas un buen producto. Aquí ocurre lo mismo, con la salvedad positiva: abrirnos a sabores que apenas hemos podido disfrutar hasta hoy y que, por fin, parece que han conseguido convencer al publico suficiente para mantener abierto un local que vale mucho la pena.

ME ENCANTÓ.-  La tostada de atún y puerro a la llama. Con un sabor y una textura sorprendentes

A PEDIR SIEMPRE.- Chips con guacamole. Y no es un tópico. Son adictivos

PUEDE GANAR PESO.-  Aunque la atención en sala es exquisita, quizá una información previa de platos desconocidos por clientes españoles que visitan el restaurante por primera vez ayudaría a escoger.

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