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Déjate seducir por el mundo del vino

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De las bahías de Alberti a la Mancha de Cervantes

Jaime Nicolau

El viaje de hoy ha sido algo más largo de lo normal, en extensión cuanto menos. También tiene de diferente su altísima carga literaria. Desde la poesía de Alberti y su Puerto de Santa María y Bahía de Cádiz, a la pluma de Cervantes en su querida La Mancha, esta vez con parada en la Venta del Comendador de Valdepeñas.

Y es que la primera parada de este largo camino fue El Puerto de Santa María. Aires de la Ribera del Río y la Bahía de Cádiz que al respirarlos embriagan como hicieran con el inmortal Rafael Alberti.

“Si mi voz muriera en tierra,

llevadla al nivel del mar

y dejadla en la ribera.

Llevadla al nivel del mar

y nombradla capitana

de un barco bajel de guerra… “

Y es que el Puerto enamora a primera vista. Sus calles, su Castillo de San Marcos, su Ribera, su gastronomía, su arte… Tierra de bodegas notables y firmas como Osborne o González Byass, con su travesía por el Guadalete, el Puerto combina de manera perfecta una cultura eno-gastronómica de primer nivel. Y es que González Byass rememora la ruta que, a través del río Guadalete, realizaban las botas de Jerez desde el corazón de la bodega hacia los buques que aguardaban en la Bahía de Cádiz el momento para llevar el vino a ultramar. Esta travesía pone en valor la riqueza histórica, cultural y medioambiental de este entorno que forma parte del Parque Natural de la Bahía de Cádiz.

Comienza el viaje, desde el Puerto de Santa María, surcando las aguas de este río que, desde la antigüedad, ha sido una de las vías para dar conocer las riquezas que esconde la tierra de Cádiz. Navegando río arriba desde aquí, se pueden recorrer algunos de los enclaves históricos del vino Jerez, como el Yacimiento Arqueológico de Doña Blanca, las Salinas de la Tapa o el embarcado de El Portal.

Tras dejar atrás las aguas del Guadalete, la Bahía de Cádiz muestra un paisaje presidido por la silueta pintoresca y diferenciada de la capital gaditana. Desde el mar, se puede disfrutar de la misma panorámica que, en el siglo XIX, contemplaban los comerciantes ingleses que arribaban diariamente al puerto de Cádiz llevados por la fama y el interés que despertaban los vinos de Jerez.

Pero sigamos con la gastronomía de El Puerto. Su oferta es tan amplia que seguro se cometen injusticias destacando paradas pues aquí cuentan con un producto de primera, pero si al viajero hay que ayudarle allá va alguna recomendación: Er Beti es parada obligada. Espectaculares sus tortillas de camarón o el choco rebozado. Justo enfrente, a pocos metros, De Gonzalo es otra opción más que válida para no fallar. Se trata de dos establecimientos en los que el producto manda, pero como lo hace en cualquiera de los que podremos encontrar en un paseo por El Puerto de Santa María. Si el plan es embarcar en el catamarán que va a Cádiz, una buena opción es La Dorada, justo enfrente de la terminal marítima, con un nuevo restaurante unos metros más arriba, también en la Ribera del río.

El catamarán es el medio más recomendable para visitar la coqueta Tacita de Plata. Si el puerto es arte, Cádiz no le anda a la zaga. Pasear sus callejuelas desde el ayuntamiento a la Catedral, con parada en el Mercado de la ciudad, es rendirse al producto. El cazón y al atún comparten protagonismo, tanto en las paradas como en las tabernas colindantes. La del Tío Tiza, una más que recomendable. Guisos de atún o cazón en adobo, mojama, camarones o cabrillas son algunos de los alimentos que nos encontraremos seguro en el camino.

El mar, los mares, la ribera, el viento, los aromas, son suficientes argumentos para atrapar una figura como la de Alberti, que mostraba pasión por esta tierra que le vio nacer. Con esa calma regresamos a su casa, al Puerto de Santa María.

A la mañana siguiente tomamos dirección Sevilla y desde ahí a Córdoba. En la ciudad de los califas haremos la siguiente parada. Es el templo del rabo de toro. Había que probarlo y la elección de la Taberna La Montillana, todo un acierto. Junto a la Plaza de San Miguel de la Ciudad. Como pretendemos ser útiles, nos permitimos la licencia de recomendarles el parking público de la calle Sevilla, les dejará justo al lado.

Es hora de poner rumbo a la siguiente parada, Valdepeñas. Aquí descansamos en tierras marcadamente cervantinas. El Quijote lo impregna todo. Hacemos noche. Por la mañana comenzamos con una visita obligada a una de las firmas notables de la ciudad, la de Miguel Calatayud y su Vegaval, una firma que destaca por el trabajo bien hecho durante tres generaciones. Seguimos contemplando la belleza de la casa en la que inició sus andaduras Félix Solís, en pleno centro de la localidad. Hoy Félix Solís es la firma española de mayor importancia en el sector del vino a nivel mundial. De hecho sus dos instalaciones en Valdepeñas dejan claro que el vino fue el motor de la comarca (la casa en pleno casco urbano) y el potencial del sector español (del que da buena cuenta la moderna bodega junto a la A4).

Se acerca el final del viaje y como buen epílogo, queremos escribir una página brillante. Visitamos la Venta del Comendador de la Villa de Valdepeñas. Tienen un menú de 17 platos a elegir como primero y otros tantos de segundo, y como una decena de postres. Pero más que la cantidad lo que nos cautivó fue la calidad del servicio y de la cocina. Empezamos de manera dispar, unos revueltos de trigueros, gambas y unas gachas manchegas. Estas últimas finas y para el recuerdo, servidas en una coqueta sartén. Le siguió cordero al horno para todos los comensales, salvo un entrecotte y unas chuletillas de lechal. Todo espectacular, especialmente la pieza de ternera. El vino, un blanco de Vegaval y tinto crianza de Albali (Félix Solís), que completaron un enorme almuerzo.

Aquí, en el secano cervantino recordamos los vientos albertinos de El Puerto de Santa María, para cerrar un viaje que recomendamos y que, en apenas 400 kilómetros, muestra un botón de la enorme grandeza gastronómica de nuestro país.

“… !Oh mi voz condecorada

con la insignia marinera;

sobre el corazón un ancla

y sobre el ancla una estrella

y sobre la estrella el viento

y sobre el viento la vela!”

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