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Déjate seducir por el mundo del vino

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Donde nacen los ríos

La Serranía de Cuenca. Los Montes Universales. La Celtiberia. Parte de la Laponia del sur o la España vacía. Las provincias de Teruel, Cuenca, interior de Valencia y Albacete. Y superponiéndose sobre ellas, como si de un sistema circulatorio se tratara, la cuenca hidrográfica del río Cabriel.

 

 

Texto: Rubén López Morán Foto: Fernando Murad Vídeo: Vincent Loop / Fernando Murad

Regresen un momento a la infancia. Imagínense afilando unos lápices de colores Alpino. A continuación saquen de la mochila infantil un mapa mudo de la península Ibérica. A renglón seguido dibujen varias hileras de grandes dientes de sierra de color marrón bajo las letras capitulares SISTEMA IBÉRICO. Luego sitúen con tres puntos las poblaciones más importantes: Cuenca, Albarracín y Teruel: los vértices de un triángulo que acoge en su seno los Montes Universales. Dibújenlos también. Esta vez una hilera de dientes más pequeña. Y más o menos en medio coloquen un triangulito minúsculo que representa la Muela de San Juan (1830 m.), en el término de Frías de Albarracín.

Cojan ahora el lápiz azul de la caja de cartón. Si son tan amables afílenlo también. Tracen tres vectores finos. Cada uno de ellos mirando hacia una dirección. Dos de ellos casi opuestos. Y dejen que cada uno se precipite vertiente abajo. El primero atravesará prácticamente toda la península desembocando en el océano Atlántico: el Tajo (1.007 km); el segundo morirá en el mar Mediterráneo: Guadalaviar-Turia (243 km); y el tercero, el tercero acabará engrosando el caudal del Júcar, en la localidad valenciana de Cofrentes: el Cabriel (220 km). Tres cursos fluviales que nacen en apenas un kilómetro a la redonda. Si me apuran, separados por unos cientos de metros.

Esto sobre el papel. Un papel que no es más que un mapa embrionario. Un mapa que pretende ser una invitación. Una tentación para ponerse en marcha. Y qué mejor que empezar por donde nacen los ríos. A las faldas de unas montañas universales. Antesala de los cielos. Los mismos cielos que se desploman en cualquier época del año por un ancho valle de nombre “Val del Cabriel”. En su cabecera el viajero ha decidido convertirse él también en curso de agua. Con la intención de que sus humildes palabras fluyan de tal modo que les lleven a ustedes por las mismas orillas que él pisó durante un otoño cualquiera. El presente por ejemplo. Con la idea de poner en valor un patrimonio natural, paisajístico, cultural y sociológico en grave peligro de extinción. Si no se ha extinguido ya. Nos encontramos en la Zona Cero de la Laponia española; en el epicentro de la España vacía.

 

El nacedero
Oficialmente el río Cabriel ve sus primeras luces en un paraje cercano al pequeño pueblo de El Vallecillo (Teruel). Un municipio de 21 kilómetros cuadrados con una población de 59 habitantes y una densidad de 2,72 hab/Km2. Para que se hagan una mejor composición del lugar: 5.225 personas habitan cada kilómetro cuadrado de Madrid. En unos afloramientos de agua conocidos como “Ojos del Cabriel”. El viajero es de naturaleza impresionable. Más propia de un niño pequeño que de un adulto hecho y derecho. Pero qué duda cabe que presenciar en persona cómo la tierra rompe aguas impresiona al más pintado. No en vano, asistimos adonde la tierra da a luz un río. En donde da sus primeros pasos. Unos pasos vacilantes entre unos cantos rodados tapizados de musgo. Y como si de un efecto dominó se tratara, porque agua llama agua, todos los pliegues de este recóndito vallecillo comienzan a aportar sus granitos de agua fresca y cristalina para que en apenas un centenar de metros del nacimiento forme su primera trenza de agua; la primera cascada de las muchas que jalonan el recorrido del río Cabriel. Y que el viajero se dispone a visitar con el beneplácito de ustedes.

La cascada del Molino de San Pedro
Un monumento natural. De una belleza extraordinaria. La cascada del Molino de San Pedro siempre lleva agua, aunque el estiaje haya sido riguroso. Como ha sido el caso este pasado verano. Un fragor de herrería antigua nos advierte de su presencia antes de encontrarnos con ella. Una obra de arte que no necesita de catálogo para caer rendidos a sus pies. En opinión del viajero es paradójico que bajo este estruendo de agua uno sienta una gran paz interior. Quizá porque las cascadas tienen el poder de enmudecer el ruido interior que siempre va contigo aunque cambies de escenario. Pero qué duda cabe que hay ciertos escenarios que ayudan a calmarlo. Porque sanan a la sazón cuerpo y espíritu. Una dicotomía que no está muy bien vista en el llano, pero que aquí, en la cascada del Molino de San Pedro, se siente y respira. Como se siente y respira el silencio que nos ha acompañado por unas carreteras donde cruzarse con un vehículo constituye toda una novedad. Casi tanto como gritar ¡Tierra! ¡Tierra! -¡Coche! ¡Coche!- tras una larga travesía oceánica.

 

Una aldea recolonizada
Toril, Masegoso, Cañigral. En los dos primeros pueblos aún se aprecia actividad humana. En el tercero en cambio sólo se mantiene en pie la ermita. El resto está devorado por las zarzas y hierbas de toda índole y condición (por emplear una imagen retópica), el abandono y el olvido. Un poquito antes el viajero se cruza en la misma carretera con Manuel Domingo Sánchez, nacido en Toril hace 82 años y pastor desde los 14. Hoy ha salido con el rebaño para echarle una mano al hijo. Al que le faltan manos para ganarse la vida. Ni siquiera las 400 ovejas tienen término suficiente para alimentarse en condiciones, comenta Manuel, ante la sorpresa del viajero. Pero será por campo, observa el ignorante. La mayoría pertenece a la ciudad de Cuenca, y no es de ley meterse en tierra que no es de uno, responde Manuel. Pero quién le va a ver aquí, en medio de la nada, piensa el viajero. No hace falta sin embargo que te vea alguien. La honradez se lleva puesta. No es de quita y pon, como en tantos otros lugares de cuyo nombre uno no quiere acordarse.

 

La figura de Manuel se pierde en el espejo retrovisor mientras la carretera desciende al valle Carmona (Salvacañete) para de nuevo subir por una pista de tierra en dirección al lugar donde los ríos Zafrillas y Cabriel unen sus destinos. Antes de llegar el viajero atraviesa la aldea de Nogueruelas. Despoblada en los años 70. Aunque de un tiempo a esta parte recolonizada por un matrimonio nacido aquí: Marcial  y Mª Carmen. Casualidades de la vida, el viajero llega en su 46 aniversario de casados. Toda una vida. La misma que les llevó siendo chicos a Barcelona primero y más tarde a Teruel, hasta que las ganas de volver a la tierra fueron demasiado grandes para abandonarlas en un rincón de la memoria. Y la llegada de la jubilación, añade Marcial, que es la que les permite vivir todo el año en la aldea. Mª Carmen trasiega sin parar en el huerto contiguo a la casa. Aquí no tienes tiempo de aburrirte, comenta. Lo tiene hecho un primor. Cultiva tomates, pimientos, acelgas, borrajas y uvas al amparo de una sabina. Incluso delante de la puerta crece un olmo notable. ¿Y la grafiosis que ha acabado con todos los de su especie en media España?, pregunta el viajero. Ni sube. Ni siquiera en verano cuando el pueblo se pone de bote en bote. Cerca de una treintena de vecinos se llega a juntar. Manuel está en trámites de convertir la antigua escuela en un centro social. Entretanto Mª Carmen recoge unas ramitas de hinojo y se las acerca al viajero para que se llene los pulmones de su anisado aroma. Se lo agradece de veras. Quizá entre esa treintena de expatriados cunda el ejemplo y Marcial y Mª Carmen tengan compañía en otoño e invierno. Más difícil será que el parque infantil de la aldea recobre los ecos infantiles del verano, Pascua y alguna fiesta de guardar. Pero es lo que tienen los parques situados en los confines del mundo, que los niños desaparecen cuando la escuela empieza en las ciudades de Barcelona, Madrid, Valencia, Cuenca y Teruel.

El primer juntarríos
El viajero abandona Nogueruelas escoltado por unas casas pulcramente restauradas que han respetado la arquitectura tradicional de la piedra en seco. Contrasta la proliferación de antenas parabólicas en algunas fachadas. No hay que pedir más heroicidades a quienes se atrevieron un día a recolonizar el vacío que encima exigirles la desconexión absoluta con el mundo exterior. Por supuesto, la cobertura de móvil se pierde cuando se recorren unas tierras de carácter alpino, donde los árboles hacen mutis, y la alopecia pétrea monopoliza las coronillas de unas montañas que frisan los 1.600 metros sobre el nivel del mar. Al mismo mar donde irán a morir las aguas de los ríos que anda buscando. Un desenlace que todavía queda lejos. El viajero es un hombre relativamente joven, con ganas de vivir y pisar el triángulo de tierra que, como el sexo de una mujer, acoge las orillas del Cabriel y el Zafrillas. Se interna en esa tierra semivirgen, acaricia la hierba alta. Y deja la mirada perdida entre los setos de chopos que advierten el curso de ambos ríos antes de entremezclarse inextricablemente. Hasta que la muerte los separe. El viajero sonríe para adentro, separado él, se agacha y moja sus labios en el primer juntarrios de la cuenca de un río que acentúa la vocación de vivir por muchos años. Si el cielo quiere. Un cielo ancho y sincero que el viajero redescubre justo encima de su cabeza.

 

Hospedería El Batán
18 años llevan juntos con esta aventura. Se llaman Sebastián y Mª José. Él originario de Alcorisa, del Bajo Aragón. Ella, albarracinensa. Tienen un hijo de seis años. Se llama Jesús. Llevan 18 años embarcados en un proyecto que hoy brilla con una estrella Michelin a la entrada. Y así lo describen los inspectores de la Guía: “¡Un auténtico oasis gastronómico! Restaurante de ambiente rústico-regional emplazado en pleno campo, en una antigua fábrica de lana. Su chef apuesta por una cocina de raíces tradicionales con toques actuales y detalles creativos”. Y no será el viajero quien le ponga un pero. Sobre todo cuando Sebastián y Mª José le reciben sin otra tarjeta de visita que su pequeño bloc de notas donde anota abrumado una comida que dura una media de dos horas y media. 17 platos para ser precisos. El viajero no caerá en la tentación, que no es poca, de enumerar cada uno de ellos.

Sin embargo no puede dejar de comentar alguno. Como las Texturas de ensalada donde la lechuga licuada riega delicadamente un huerto compuesto de esféricos de tomate y mango, aceituna, boquerón y jengibre, y aliñado con un caviar de aceite de oliva virgen extra; o el vasito de Ceviche de lubina perrochicos, vegetales de Aragón y leche de tigre; o el plato número 9 de la serie, donde la Yema trufada debe cogerse con el índice y el pulgar, comérsela de un solo bocado, y acto seguido, tomarse como un chupito la sopa de miso. El viajero podría continuar y no parar hasta ese trampantojo de risoto, que no es sino espelta de trigo que acompaña a un Suprema de vaca y fumé. Sin obviar un maridaje de panes diversos y cuatro vinos, donde el Garnacha Centenaria 2015 DO Campo de Borja te deja a las mismas puertas de un oasis que no querrás abandonar. No en vano, Sebastián y Mª José han acometido una profunda reforma (que está a punto de concluir) donde las nuevas habitaciones de la Hospedería han sido integradas en el entorno. Un oasis que afortunadamente ya cuenta con un relevo generacional. En absoluto, mi hijo no será prisionero de una herencia no deseada, apostilla Sebastián. El viajero asiente ante una forma de entender la vida que comparte. Como le gustaría compartir una de las nuevas habitaciones mientras las sombras de la noche se extienden como la manta que le arropaba de niño a principios del otoño. Toda una declaración de intenciones. Toda una declaración de amor.

 

Itinerario por carretera (desde Valencia)
A-3 Valencia-Madrid hasta Utiel. Tomaremos la N-330 hasta la localidad de Landete. Saldremos de Landete por la CUV-5003 en dirección Huertos de Moya, Moya, Santo Domingo de Moya, Casas de Garcimolina, Algarra, El Cubillo y Salvacañete. Una vez nos encontremos con la Nacional 420 Cuenca-Teruel, giraremos a la izquierda dejando a la derecha la gasolinera, para en apenas un kilómetro tomar la carretera A-2703 Arroyofrío-Toril (una comarcal que sigue paralela al curso del río Cabriel) hasta que abocamos a un pequeño valle de donde sale a mano izquierda de la carretera una pista de tierra en la actualidad marcada como Ruta BTT Los Serranos-Zafrillas (Valle Carmona). Esta nos conducirá tras ascender durante 3 o 4 kilómetros hasta la aldea de Nogueruelas. Siguiendo el mismo camino se desciende hasta el juntarríos de los ríos Zafrillas y Cabriel. Una vez allí deberemos desandar el camino hasta de nuevo volver a la comarcal A-2703. Giraremos a la izquierda y ascenderemos el puerto por carretera hasta dar con las indicaciones de Masegoso y El Vallecillo TE-9122 (“Ojos del río Cabriel” y Cascada de Molino de San Pedro). De nuevo deberemos regresar por donde hemos venido y tomad la A-2703, cruzar Toril hasta incorporarnos a la A-1703 dirección Terriente, Royuela continuando por la A-1702 Torres de Albarracín y Tramacastilla. Antes de llegar a este pueblo, justo en la orilla del Guadalaviar-Turia, se encuentra la Hospedería El Batán.

 

Datos y enlaces de interés
Hospedería El Batán www.elbatan.es

El Vallecillo Nacimiento del río Cabriel www.elvallecillo.es

Senderos Turísticos de Aragón www.senderosturisticos.turismodearagon.com

Terraza Garrido Apartamentos y Restaurante Salvacañete T. 969 357 180

HS Hermanos Soriano Apartamentos de Montaña y Restaurante Salvacañete T. 969 357 021

Pág. Facebook Pueblos deprimidos y despoblados conquenses

Albarracín Restaurante Tiempo de Ensueño www.tiempodeensuenyo.com

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