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Donde se abrazan los ríos

9 diciembre, 2017

Tres paisajes cofrentinos. Un castillo asentado sobre la chimenea de un volcán. Una olla que te sube los colores. Y el punto final de un viaje que en realidad es un comienzo.

Texto: Rubén López Foto: Fernando Murad Vídeo: Vincent Loop – Fernando Murad

En principio este artículo debe poner el punto final. Hasta aquí hemos llegado viajero. El camino termina en este punto. En la confluencia de los ríos. En Cofrentes: la Confluentum romana. Y lo hará. Porque el viajero es un hombre de palabra. O de palabras más bien. A las que intentará por décima vez insuflarles la vida que encontró a su paso. Al fin y al cabo, las personas que se acercaron hasta su orilla. En cierto modo, la orilla de un río se asemeja a la piel de un hombre. Lo más profundo que este posee, según el poeta Rimbaud, porque por sus bordes corren las emociones y los recuerdos. En definitiva, lo que fuimos y somos. Las caricias que atendimos; las cicatrices que acusamos. Es lo que tiene la vida, que es un continuo partir, viajar.

El novelista Steinbeck, el de Las uvas de la ira, dejó escrito que no eres tú el que hace el viaje, sino que el viaje te hace a ti. De ahí que el viajero, antes de acumular los últimos paisajes de la serie #TerritorioEngasa, deba pasar lista. La lista de las personas que hicieron posible el suyo. Y lo hará desde el lugar donde antaño las jóvenes parejas cofrentinas, una vez habían pasado por la iglesia, sellaban su amor para siempre: desde la Era del Chulo, justo encima donde el Júcar y Cabriel unen sus aguas. Desde este balcón sobre los ríos que van a dar en la mar, el viajero quiere dar las gracias a:

Manuel Domingo, Marcial y Mª Carmen, Sebastián y Mª José; a Régulo Algarra y Rosalía Molina; a José Saíz Valero y Carlos Iniesta; a Rufo, María, Eloy, y Niceto Hinarejos y José Ramón Guillén; a Fidel García Berlanga; a José Miguel Medina, Esperanza Alonso, Pepe Blasco, Lorena López, Ana García y Antonio Garrido; a Nacho Latorre, Luis Francisco López, Pilar Lavarías y José Luis López; a Javier Cuéllar, Matías Nohález, Rafael Navarro, Rafael Orozco y a Javi Sanz y familia; a Federico Martínez, José Pardo y Marisa Pérez. Y a los que vienen a continuación. Aquellos que le conducirán finalmente hasta donde se abrazan los ríos.

1er paisaje
El viajero en realidad es un representante de paisajes. Los acumula en su bloc de notas con la intención de venderlos, porque de algo tiene que ganarse la vida. El que sigue es un río de márgenes dilatados. Escoltado por unos árboles hechos de estaño. Que se reflejan como pinturas esquemáticas sobre un lecho de tonos verdosos. Las ramas están desnudas. Las hojas no espejean caídas como están por el suelo. Un mullido tapiz que invita a dar un paseo arrastrando un poco los pies. Dejando tras de sí una estela tan fugaz como las pisadas sobre la arena bañada por las olas. Cerrando el escenario dos centinelas. A un lado, el volcán del Cerro de Agras. Extinguido hace 2’5 millones de años. Y enfrente, un pitón basáltico donde se aúpa un castillo y un pueblo apaisado.

Donde se encuentra ahora el viajero se celebra a primeros de mayo las fiestas patronales de San José Obrero. El marco no cambia, pero sí los colores y los protagonistas. Porque todo el pueblo de Cofrentes baja en romería al río. Y rememora su pasado de gancheros y maderadas. Cuando el Cabriel permitía bajar a las armadías desde la Serranía de Cuenca hasta la costa. Seis meses tardaban en llegar estos rebaños de troncos. Que en época islámica se emplearon en la construcción de embarcaciones. Y en la cristiana, la de edificios. Ese día los cofrentinos hacen memoria. Y quienes les visitan, navegan por el interior. Literal.

 

2º paisaje
Nos embarcamos junto con Jesús Sotos, concejal de turismo. Patronea la embarcación Cañones del Júcar, Miguel Pérez. Aunque una vez enfila el caudal biológico del río toma el timón su compañero Manuel. A partir de ese momento, Miguel se convierte micro en mano en un guía que tiene una misión: que el turista no sea un sujeto pasivo, que su mirada no resbale por el paisaje que escolta la singladura. Una ruta de 30 km. (i/v) entre las poblaciones de Cofrentes y Cortes de Pallás. Su intención: hacer realidad la escuela del conocimiento. Y para eso necesita que los cruceristas comprendan qué se revela a su alrededor. Da gusto escucharle. Con ese lenguaje a veces desusado que sólo se escucha por estos lares.

Unos escenarios que piden poco y dan mucho. Entonces aparece el castillo más enigmático de la Comunidad Valenciana: el de Chirel. Un lugar a todas luces inaccesible. Un enclave que, como dice el cronista oficial de Cortes, Miguel Aparici, si en la Comunidad hubiese tenido que residir el mítico Conde Drácula, en ningún rincón se habría encontrado tan a gusto como en el enriscado y apartado Castillo de Chirel. Atrás queda la Boquera de Sácaras y más adelante se vislumbran Los Desprendimientos, la Bahía del Ral, La Isla y los primeros entrecejos de la Muela de Cortes. Surcamos una orografía desconcertante y agresiva. Unos telones de piedra que caen en vertical desde 400 m. de altura. Paredes que han sido seccionadas dejando oscuros chorretones de sangre mineral en roca viva. Y entre sus pliegues, bosques de un verde perenne con puntadas amarillas, que delatan húmedas fresnedas.

 

3er paisaje
Desde el ayuntamiento de Cofrentes se baraja la idea de recuperar las salinas de San Javier. Y aprovechando el sendero de Pequeño Recorrido-CV280 organizar visitas de escolares y de alojados en el Hotel-Balneario de Hervideros, que expliquen cómo se obtenía la sal del agua de escorrentía. Estos afloramientos conforman un paisaje de alto valor estético y botánico. Si le añadimos que el lugar ofrece un rito que te devuelve a la infancia: el eco, gracias al paredón calizo Cinto de las Ventanas, el magnetismo es total. El viajero no se privó de escuchar su voz de ida y vuelta. Además, sobre la única ventana que aún está abierta, se recortaron dos figuras aguileñas. El viajero ahuecó sus manos y emitió repetidamente sonidos primitivos hasta que uno de los ejemplares alzó su vuelo. Soberbio.

A escasos kilómetros de las salinas la naturaleza nos ofrece otro espectáculo. Y este no depende del azar, porque sucede desde que se extinguió el volcán de Agras (su cráter es visitable siguiendo el sendero PR-CV379). Presenciar el gas que desprende el susodicho en el manantial que originó un balneario auténtico referente nacional y europeo del turismo medicalizado (más de cien mil pernoctaciones al año y 200 personas trabajando). De ahí el nombre de hervideros. Porque el agua bulle como si de un puchero se tratara. Aunque aflora a una temperatura constante de 18 grados. Claro que aquí la olla está bajo la corteza terrestre: en la cámara de magma. No como la que está a punto de probar el viajero en el restaurante Torralba.

La olla cofrentina
Antes de llegar al clímax gastronómico, Diana Torralba puebla la mesa de lomo de orza con all i oli, embutido y unas gachas. Este plato llegó con las cuadrillas de los gancheros, observa el alcalde de Cofrentes, Salvador Honrubia. Seguramente formaba parte de la dieta que elaboraba el encargado de darles de comer: el guisandero. Un plato hecho de patata, ajo, una cucharada de harina por comensal y agua. Los níscalos son el toque cofrentino. Exquisito. Como lo está la olla: judías pintas, morcilla, oreja, costillas, cardo, patata y nabo. Todo ello semisumergido en su propio caldo de cocción. Ante los calores del viajero, Lola Ángel, responsable de la Oficina de Turismo, le informa que paradójicamente era una comida que se hacía en la época de siega, entre mayo y junio, aunque ahora se coma en invierno por razones que saltan a la vista. Una minuta que se acompañó de una bodega con vinos del altiplano de Utiel-Requena: un blanco Finca Calvestra variedad Merseguera; un tinto Bobos de Finca Casa la Borracha, y para el brindis final: un Cava Tantum Ergo Pinot Noir Rosé de Bodegas Hispano-Suizas.

La subida al Castillo
En buena lógica la subida castillo de Cofrentes se dejó para el final. El único castillo de Europa construido sobre roca basáltica; esto es, sobre el magma del extinguido volcán del Cerro de Agras. Con semejante avituallamiento el viajero, su compañero gráfico y la técnico de turismo subieron con plato grande y piñón pequeño. Con esprint incluido llegando al piso superior de la Torre del Homenaje, donde se encuentra la joya de la corona: el reloj ciego. No sin antes atravesar las tres partes que componen el conjunto: al albacar de origen islámico, las estancias palaciegas de fábrica gótica y el bastión. Franqueen sus puertas, observen las muescas de los pestillos en las jambas de las puertas, visiten el Museo, y admiren el engranaje del reloj más antiguo de la Comunidad Valenciana fechado en la etapa prependular de la historia de la relojería: primera mitad del s. XVII. Y asómense. Disfrutarán de una panorámica cenital de la confluencia del Júcar y Cabriel. ¿El final? De ustedes depende. Si recogen el testigo y parten, estas palabras viajaran con ustedes. ¿Hasta dónde? En principio, hasta donde se abrazan los ríos. Gracias.

 

 

ENLACES DE INTERÉS

Tourist Info www.cofrentes.es/oficina-de-turismo/

Hotel-Balneario Hervideros www.balneario.com

Restaurante Torralba www.restaurantetorralba.com

Viajes su aventura www.suaventura.com

Vinos Utiel-Requena www.utielrequena.org

 

ITINERARIO EN COCHE
Si viaja desde Valencia. Tomad la A-3 hasta Requena. En Requena tras un tramo por la antigua N-III incorporarse a la N-322 (Albacete). Una vez pasado El Pontón incorporarse a la N-330 Cofrentes-Almansa.

 

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