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Josué (Boix Quatre): Puse en práctica los consejos de los gurús y me hundí

José Antonio López
Se llama Jesús y le llaman Josué. Otros, Josu y alguno… nunca he conocido a una persona con tantas denominaciones y, amigos, es el mismo. Delgado, no muy alto, incansable, creativo, trabajador y fiel a sí mismo y a la gente que le rodea.

Es la familia de Boix Quatre. Si te equivocas, entras al local de la competencia, pero, este tío tiene tanto tirón, que los colegas de al lado te informan puntualmente de dónde se ubica y cómo encontrarlo. Justo al lado.

El local es pequeño. Siete mesas para 20 comensales. “Es lo que quería y buscaba, un lugar, a mi medida, donde poder dar de comer y beber a las personas que vienen a visitarme. Donde poder experimentar nuevas formas de disfrutar de la gastronomía. Una continua conversación creativa que nos lleve, a cada uno, en su lugar, a conseguir los objetivos gastronómicos que nos hemos propuesto”.

Cercano y entregado. Sencillo, humilde, accesible y agradecido… es Josué… el que recuerda cuando estudiaba Económicas en Valencia viniendo, cada día, de su Montserrat querida.

Ni le importaba la gastronomía ni quería saber nada de ella. Hay un momento en su vida en el que trabaja en hostelería, pero solamente como un vehículo que le reporta un beneficio y le permite vivir.

“Era el eterno inquieto. No tenía cargas que me impidieran hacer lo que quería y te puedo asegurar que lo hice. Viajé y disfruté como nadie…”.

La vida le lleva por otros caminos y, junto a su hermano, monta una tasca (Casa Josué) cuyo objetivo era seguir teniendo ingresos que le permitieran disfrutar de la vida que había elegido. Trabajo, sí. Diversión y disfrute, también.

Conforme van trabajando el negocio Josué se va dando cuenta de que no quiere ser una de “esas personas que no saben qué hacer y montan un bar”. Quería ser distinto y ya que la gente empezaba a confiar en su buen hacer, había que darles lo mejor porque ellos ya te lo daban.

“Y me veo estudiando como un poseso y soñando que, algún día, mis platos tendrían mi nombre como tienen ahora los nombres de los grandes cocineros”.

Tiene la suerte de beber en las fuentes de los grandes maestros y queda atrapado en la magia de la cocina. A partir de ahora, más estudio, más práctica y menos diversión.

Josué encuentra un sentido a su vida que nunca pensó que pudiera llegar.

Trabajan en la tasca y el éxito les estanca.

“Es lo normal. Todo va bien. Todo son éxitos. Todo son alabanzas hasta que un día un colega me dice que mi cocina chirría, tal y como lo oyes, y hay que dar un giro y sobre todo, tener una identidad. Lleva razón y mi reto culinario, aumenta”.

Por una parte, lo bueno, por la otra…“Los peores años de mi vida. Me encuentro con un montón de gurús, de todos conocidos, que te llenan la cabeza de ideas que ellos no son capaces de realizar. No sé cómo, pero les hago caso y me hundo en la más grande de las miserias. Ni los gurús venían a ver su genial obra”.

Hablamos sobre tanta gente que sabe tanto de tanto que no hace nada. Eso sí, el riesgo, con el dinero de los demás. Aún existen, desgraciadamente. También es verdad que ahora emplean otras armas.

No se han quemado en una plancha en su vida, pero… eso sí, saben más que nadie del negocio… que nunca han montado ni trabajado.

Josué no se enfada. Yo sí. Aunamos esfuerzos y me dice que fueron años muy duros en los que sobrevivió a base de su plato estrella que hacía cada día, el arroz del señoret.

Hay que renovarse y empezar a creer en lo que uno sabe y no en lo que los demás critican. “Empiezo a divertirme con mi trabajo y estoy dispuesto a todo, con el fin de acabar con esta situación”.

Ricard Camarena me ayuda y empiezo a trabajar con los mejores productos, el respeto a su elaboración, el nacimiento de la creatividad. Empieza la felicidad y con ella la labor bien hecha y los comentarios positivos de todos los parroquianos”.

Se marcha Josué a los Pirineos y trabaja seis años en Cerler. La montaña frente a él. En invierno allí, en verano, en múltiples sitios. Objetivo: aprender, evolucionar y encontrar su sitio.

“He hecho más pizzas de las que te puedes imaginar y lo he pasado genial. Pero eso no era más que un paso”.

Y de ahí a Baqueira, y rápidamente a Beirut en un restaurante genial al que también le afecta la crisis.

Y vuelve a Valencia a encontrarse con Ricard y entra a trabajar en Central Bar.

“Estoy el tiempo suficiente para darme cuenta de que, lo que quiero, es volcar todas mis vivencias y todo lo que he aprendido en un sitio donde la gente pueda disfrutar de mis guisotes. Llego a Boix Quatre”.

Y el guisandero de productos naturales, de mercado, frescos y elaborados con un toque de imaginación ve cómo su pequeño gran espacio se va llenando de gente que comparte alma y saber. Sabor e ilusión.

Josué, se siente feliz ofreciendo unas habitas baby, ajetes y blanco y negro con jugo de longanizas y daditos de jamón.

Descubrir y cocinar ese pescado de lonja que es el que hay y que te obliga a crear un plato en muy poco tiempo.

O presentarte un conejo al ajillo con all i oli de ajonegro.

Para que tengas dónde elegir te presenta una sopa de cebolla o una sepia limpia sobre sepia sucia y no puedes olvidarte de las cocas variadas que te elevarán al séptimo cielo.

La torrija de turrón con helado de caramelo o el taltuni invertido de plátano con jugo de mandarina, será el complemento perfecto para finalizar un tiempo de disfrute gastronómico.

Vinos tienes para elegir los que más te gusten.

Boix Quatre, con Josué y su equipo, están en la calle que les da nombre y en el número adecuado. El número de telefóno de reservas es el 96 119 28 82.

Hay que conocerlo.

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