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Déjate seducir por el mundo del vino

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Por favor, no vuelva

José Antonio López
Este puente me ha dado por revolver papeles en los que anoté anécdotas e historias de la hostelería de Valencia. Algunas, me las han contado o las he extraído de libros. Otras las he vivido en primera persona. Sea como sea, me he empeñado en ayudarles a esbozar una sonrisa y espero y deseo que estén felices por los que les voy a contar.

Todos conocemos al típico “pesao gracioso” que se encarga de “animarnos” la hora del café o del almuerzo o de la comida o… cualquier momento en que queremos estar tranquilo.

El nota está agazapado en cualquier esquina esperando que un “amigo” haga su aparición y entonces “casualmente” se encuentra con su víctima a la que sangra y aburre hasta la eternidad.

Los hay y son muy efectivos.

Pero, además, estos especialistas, lo son también en dar guerra a los trabajadores de las cafeterías y restaurantes.

Además de no pagar exigen que se les llene la caña cuando más gente hay en la barra. Critican la croqueta “porque cada vez son más pequeñas” y las aceitunas las ha probado mejores en cualquier sitio.

Del vino, ni hablarles la cantidad de vueltas que le da a una copa ante el asombro de propios y extraños y llevando, al límite, al sableado amigo y al profesional que busca un martillo con el que dar fin a la historia.

Me gustaría recordar con qué elegancia se libraban, en el pasado, de estas firmas al igual que lo hacían con “las señoritas de dudosa reputación”.

La cafetería Hungaria estaba en el actual Paseo de Ruzafa (antes Calvo Sotelo) era la época de los teatros en Valencia y de los grandes locales como Barrachina, Lauria, Balanzá y otros de los que hablaremos en otro recuerdo.

Hungaria era lujo y saber hacer. Fue fundada en 1948 por el señor González y en 1955 la adquirió Vicente Vilana y José Romero. Todos profesionales como la copa de un pino.

Abrían de 8 de la mañana a 2 de la madrugada y lo más granado de Valencia y provincia disfrutaban de sus instalaciones y paz donde podían degustar los mejores manjares de toda España con un servicio, una atención y una discreción impecable.

Lo más granado atrae, inevitablemente, a lo menos granado y, en la época, a las señoritas de “dudosa reputación” no les era permitido entrar en algunos establecimientos.

En Hungaria encontraron una solución efectiva al cien por cien y cargada de imaginación y buen gusto.

Cuando una de estas señoritas o caballeros, que también los había, cruzaba la puerta del local, el encargado, muy discretamente, le entregaba una tarjeta con el siguiente texto (hay variantes).

“Señorita. Ruégole tenga a bien el no frecuentar este establecimiento. Suplicando no lo interprete usted como una ofensa a su muy digna personalidad. La dirección”.

Genio, figura, elegancia, poderío y todo lo que ustedes quieran.

¿Se imaginan que nuestro actual gorrón recibiera, en la actualidad, una tarjeta como esta?

Hay mucho más. Muy pronto.

Un fuerte abrazo maestro Rafael Brines.

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