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Reflejos dorados a la orilla del Turia

La ruta de las riberas del Turia. Un barrio de obradores de cerámica de origen medieval. El secreto mejor guardado. Y los restos de un palacio visigodo fechado en el S VII. Todo aquí al lado. Aquí mismo. ¡Tan cerca!

Texto: Rubén López Foto: Fernando Murad Vídeo: Vincent Loop – Fernando Murad
Se sabe que la cerámica del reflejo metálico se origina en la Persia del siglo IX, de allí pasó al-Andalus, donde en el siglo XIII ya se tiene constancia material. A principios del siglo XIV Don Pedro Boil, el IV Señor de Manises, en uno de sus viajes a la Granada nazarí, quedó prendado de aquella técnica. Y según las crónicas de la época, se preocupó de que los alfares de su señorío la conociesen y trabajasen. Probablemente se trajo consigo a alguno de los ceramistas estrella de aquel reino del sur. Esta es la versión oficial. El viajero en cambio se inclina por otra más cercana. De allí se trajo el cómo se hacía, qué duda cabe, pero el deslumbramiento por aquellos reflejos metálicos se había producido antes: solo hay que asomarse a la piel del río Turia cuando el sol recién levantado impone sus doradas manos sobre él.

Solo hay que ver cómo centellea en miles de espejos móviles. Cómo reverberan sobre el cauce guijarroso. Ahí están los destellos que mágicamente trasladaron al barro los alfareros maniseros desde la Edad Media hasta hoy en el barrio de Obradors. Y qué decir tiene de otra marca de la casa: el azul cobalto, único y exclusivo, de los cielos valencianos. En ninguna otra industria como la cerámica el arte imitó tanto a la naturaleza. Porque aquí siempre estuvo aquí al lado. A las orillas de un río que atraviesa como una espina dorsal las poblaciones de Manises, Paterna, Riba-Roja del Túria y Vilamarxant. El camino que el viajero se dispone recorrer durante esta 2ª etapa en su objetivo de remontar sus aguas con el vano intento de volver a ser un niño; de volver a brillar como lo hacen ellas.

Azud de Moncada
Por fin el viajero se topa con el río. Cara a cara. Antes no dejaba de ser una ensoñación. Invisible como era, flanqueado de unas riberas de cemento fraguadas por el Plan Sur en los años 60 del siglo pasado. Por fin puede verse reflejado en su espejo. Que milagrosamente es cristalino casi hasta las puertas de la ciudad. En parte gracias a la red de depuradoras puestas en marcha por los municipios metropolitanos. Antes esta función corría a cargo gratuitamente de los bosques de galería. Los originales y auténticos filtros verdes. Que no sólo advertían y camuflaban a un tiempo la presencia del río, sino que además lo ponían en vereda gracias a la trama de raíces que sellaban el lecho. Sin olvidar la sombra y belleza que proyectaban por el mero hecho de existir.

El Turia todavía conserva bosquetes de chopo negro y un par de alamedas así como ejemplares desperdigados de sauce común. Una de las zonas más frondosas del río se encuentra en torno al área recreativa de Manises frente al Azud de Moncada. Un buen lugar para detenerse y observar la imponente cintura de algunos árboles que la entoldan. Varias son las áreas recreativas que jalonan el curso. La más cercana a Valencia es esta. Justo al otro lado del río se encuentra la Vallesa del Mandor, en Paterna: que atesora una de las cuatro masas forestales que abarca el Parque Natural del Turia junto con Les Rodanes, en Vilamarxant; la Pea y el Palmeral, en Pedralba. Un parque natural provisto de una ruta de 24 km. de longitud, que mediante un camino de grava permite durante su recorrido cruzar de un lado a otro del río gracias a 16 pasarelas de madera. Un corredor que engarza distintos ambientes de ribera, bosque y cultivo que conforman el paisaje de la llanura aluvial adonde viene a dar el Turia tras su tortuoso paso por la comarca de Los Serranos. Un itinerario que puede ser hecho a pie, en bicicleta e incluso a caballo. En el área recreativa de Riba-Roja hay un picadero.

Cerámica José Gimeno Martínez
El viajero no puede marcharse sin visitar un taller cerámico en activo. Porque las aguas del Turia no sólo alumbraron la feraz huerta de Valencia, sino también barrios de obradores que las tomaban de las acequias para elaborar las arcillas que darían forma a la cerámica de reflejos dorados y azules que tuvo una gran difusión por toda Europa. Su cronología y evolución está reflejada magníficamente en el Museo de Cerámica de Manises. Sito en el número 22 de la calle Sagrario. Un caserón del siglo XVIII que fue donado por la familia Casanova Dalfó-Sanchis Causa. De visita obligada, no sólo por la selección de piezas guardadas como oro en paño, sino porque el caserón en sí guarda sorpresas arquitectónicas vinculadas con el arte de la piedra. Si franquean sus puertas las gozarán nada más entrar.

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Si pudieran hablar las manos del viajero. Relatar todas las emociones vividas gracias al ceramista Melchor Zamora ‘Choro’, quien ni corto ni perezoso le puso delante de un torno y dale Perico. Fue consciente entonces del milagro. De los misterios de la creación. Y también de que estos no están al alcance de cualquiera. Que las manos de un artesano se hacen con los años, y las de Choro, además, nacen, porque sus albahaqueras son unas obras monumentales que dejan con la boca abierta. Como dejan de una pieza la colección que en la planta superior de la Fabrica-Museo José Gimeno Martínez le enseña al viajero una de sus sucesoras: murales cerámicos, aguamaniles, jarrones, azulejos… La cueva del tesoro del barro cocido.

‘L’almorzaret’
Va ser precís. Ante tanta impresión tocaba almorzar. Un rito entre los maestros ceramistas. El puesto consensuado fue Casa Guillermo. Por diferentes motivos. No sólo por estar emplazado en una antigua fábrica de azulejos. Como no podía ser de otro modo. Sino sobre todo para demanar un bocadillo de tomate, anchoas y atún. Un clásico. Una tradición que viene de lejos. De su matriz en el barrio de pescadores del Cabanyal-Canyamelar. Donde su abuelo comenzó con una pequeña bodega, más tarde se echó en manos de la anchoa, y hasta ahora. De buena gana el viajero hubiera prolongado la estancia degustando la minuta del día: arroz caldoso de cangrejo y galeras, y de entrantes una tapa de clòtxines de temporada y un calamar volaoret a la plancha. Pero no estaba en el programa de mano. No se puede tener todo en la vida.

 

El Ikea de la cerámica
Tras el almuerzo todavía quedaban algunas sorpresas más. La primera fue la visita a la Asociación Valenciana de Cerámica AVEC-GREMIO. Actuó como anfitriona Mª Carmen Bosch, quien se encarga de la promoción de la entidad y es una enciclopedia andante en la materia. Y que compartió durante la visita al taller-escuela, donde sentir la cerámica de Manises con las manos; la exposición permanente de productos de cerámica y porcelana de los talleres asociados, y que está orientada a profesionales; y, por último, la tienda que está abierta al público y donde se puede adquirir todo lo que se puede concebir en cerámica.

Entremedias tornos, pinceles, hornos; una sucinta introducción a las técnicas cerámicas como el mimbre, el tubat, la trepa y la cuerda seca; a los oficios involucrados: alfarero, platero, mimbrero, pintor, llenador, barnizador, enforraor. Al viajero le entraron unas ganas locas de hacer pellas. No de hacer novillos, sino de coger una porción de barro para modelarlo y dejarse encisar: hechizar. Y sentirse como los niños que acuden a los talleres que imparten Mª Ángeles y Mª José (Encisar-te amb la cerámica), y aprender las maravillas de un oficio casi olvidado. Además, la asociación dispone de una sala de proyecciones donde se visiona el reportaje “Manises, 700 años de tradición”, introduciéndoles que no revelándoles, uno de los secretos mejor guardados del mundo: la fórmula del reflejo dorado.

De tourist a Tourist Info
Tanto Manises como Paterna y Riba-Roja del Túria tienen oficina de turismo. La de Manises se encuentra en la antigua fábrica de Juan Bautista Huerta Aviñó, conocida como “El Arte”. Un edificio que posee una fantástica fachada decorada con diferentes estilos cerámicos. Su interior guarda la colección donada por Carlos Sanchis García con casi 3000 piezas entre cámaras fotográficas, accesorios, material de laboratorio, y un amplio fondo gráfico local. Asimismo, dispone de una sala de exposiciones temporales. Hasta el 15 de mayo se puede visitar “Fotografía Estenopeica del Monasterio de Simat” a cargo de Foto Club València.

Una fotografía tomada sin prácticamente equipo. La cámara es una caja oscura dotada de un agujero del tamaño de una aguja que se denomina estenopo. Los resultados son sorprendentes. Si son amantes del octavo arte no lo duden. De cabeza. Y de paso, con su cámara en mano, a disparar por el casco histórico de Manises. Que alumbra cerámica por todos sus rincones y umbrales. Teniendo su crisol en la cúpula de la Iglesia Parroquial de San Juan Bautista, que atesora la única cúpula cubierta de tejas de reflejo dorado del mundo. Que no es moco de pavo.

Como no lo es tampoco lo que ofrece al visitante Riba-Roja del Túria. Aunque de buena gana el viajero hubiera cruzado a la otra orilla del río por el puente atirantado del arquitecto Salvador Monleón Cremades (CV-371), y haber visitado las casas-cueva de Paterna. Pero los márgenes aprietan. Aun así, el viajero entona su MEA CULPA. Ahora bien, si el acopio de información de la oficina anterior le dejó como las estatuas de Xiam; la que sigue no le fue a la zaga. ¡Riba-Roja es visigoda! Y no le dice él, lo dice el yacimiento arqueológico del Pla de Nadal, fechado en el siglo VII; y lo recoge maravillosamente el MUPLA gracias a una colección de 180 piezas. Un museo que alberga el antiguo castillo, recientemente represtinado. Devolviéndole todo el esplendor a base de cepillarle el paso del tiempo y acondicionándolo a los nuevos. Sus ventanales trilobulados son de una delicada factura propia del gótico flamígero.

El viajero aparcó su vehículo junto al Pont Vell. Se acodó en el pretil y de nuevo se dejó encisar por los miles de espejos móviles que arrastran las aguas del río y se decidió a descubrir el Secreto Visigodo que esconde la villa de primera mano. Aunque este año deberá esperar hasta septiembre con la II Gran Fiesta del Dux TEBDEMIR. Quien fuera el promotor de la villa palaciega del Pla de Nadal. No importa. El viajero volverá sobre sus pasos. Lo ha prometido. Mientras tanto subirá al Bar del Mercat Municipal. No tienen pérdida. Todo para arriba. Pasando por delante de las puertas de Valencia Adventure (empresa de turismo activo); del bar Ascuas, especializado en almuerzos ciclistas; del hotel con encanto la Muralleta y su restaurante contiguo La barra; visitando la Tourist info, que hace esquina con la Cisterna; atravesando la plaza del Ayuntamiento, donde conocerá a Pepín, un riba-roger de toda la vida que ejerció de zahorí en sus años mozos, y justo a la vuelta de una esquina: el mercado. Pegado al bar se encuentra el puesto la Serreta que atiende Paqui Vilar. Tiene una selección cuidada de productos de interior. Para celebrar la visita abrieron una botella de Vi negre Ratones coloraos del Celler el Rabosot de Agres. ¡Por fin el viajero puede decir que los ha visto, gracias a este río que le lleva como la misma vida!

 ENLACES DE INTERÉS

www.manisesturismo.es
www.museumanises.es
www.fabricagimeno.com
www.avec.com
www.encisarte.es
www.ribarojadeturiaturismo.com
www.valenciaadventure.com
www.parquesnaturales.gva.es

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