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Salobreña: una bella fortaleza… gastronómica

6 agosto, 2018

Jaime Nicolau

Encaminamos hoy nuestro destino veraniego hacia la Costa Tropical. Concretamente fijamos nuestra miradas en Salobreña, erguida sobre piedra y coronada por su precioso castillo árabe, encontramos una población que se ha convertido en un oasis dentro de las sobreexplotadas playas mediterráneas. Incluso las vecinas Motril o Almuñécar presentan mucha más densidad de turistas que las playas de Salobreña.

Cruzamos el casco antiguo de la localidad a la que se accede por autovía desde Granada si uno utiliza la A4 como arteria principal de este viaje. A poco más de dos kilómetros llega la playa, una de arena de grava, la otra de cantos rodados. Entre ambas emerge un restaurante de esos que son un privilegio para los sentidos, El Peñón de Salobreña, al que regresaremos más tarde.

Su espectacular emplazamiento sobre un peñón hizo de Salobreña un enclave importante para todas las culturas que han pasado por la península ibérica, siendo su castillo árabe, trono de árabes y romanos, incluso prisión en algunos casos.

Volviendo al viaje que nos ocupa, llegamos a la playa granadina. La provincia de Granada, con permiso de la vecina Jaén, alberga una de las mejores gastronomías españolas. Su mezcla de culturas durante siglos y su veneración al tapeo llevado al extremo, hacen de Granada un paraíso gastronómico. En el caso de la Costa Tropical y Salobreña, el Mediterráneo toma la palabra.

Regresamos en este punto al Restaurante El Peñón de Salobreña. Cuenta con un merendero techado en el que parece haberse detenido el tiempo varias décadas atrás. Es una opción más que válida, pues el amable personal del restaurante se encarga de que el servicio sea sobresaliente. Vamos con un poco de historia del restaurante.

Esta casa fue fundada en el año 1954, cuando los pescadores de Salobreña y la Caleta faenaban cerca de la playa con pequeñas embarcaciones y vendían el pescado en la misma orilla. Cuando terminaban se hacían unos espetos en la playa para comer, y en ese momento fue cuando Antonio Gómez Pineda, abuelo del actual propietario y conocido como el “Azules” se le ocurrió la idea de montar un pequeño “chambao” para vender bebidas frías. Pasados unos años su mujer Adriana Gómez Villaescusa, empezó a convertir el pequeño “chambao” de madera en un negocio que fue prosperando cuando los primeros visitantes de Granada y Jaén fueron apareciendo por estas costas, en aquellos míticos autobuses de la época. Trascurrió poco tiempo cuando Adriana empezó a elaborar paella, que se convirtió en el plato estrella. Los clientes no la llamaban paella mixta o de marisco, la pedían como “la paella de Adriana”, que todavía sigue manteniendo la elaboración tradicional. Otro plato que empezó a tener mucha demanda fue el espeto de sardinas, aquí el especialista era “Azules”. El fuego se hacía en la misma arena, en un pequeño bancal. En el centro se colocaba la leña a ser posible de almendro, porque “quema mejor y hace muy buena ascua” decía mi abuelo, recuerda Francisco Pérez, tercera generación y actual propietario. En los lados del bancal se colocaban los espetos. Llegaron los turistas extranjeros, la mayoría procedían de Alemania, Inglaterra, Bélgica y Francia. Aún con la falta de entendimiento por el idioma, pronto demostraron interés que tenían por la gastronomía de la zona. En este periodo el pequeño “chambao” se modifica y se agranda pasando a ser un chiringuito y se comienzan a ofrecer productos autóctonos de la zona, como el “pescaito” frito, los mariscos y las frutas tropicales.
En el año 1980 se hace la última gran reforma (que lo convierte en el restaurante que es hoy en día), dirigida por los hijos de Adriana y Azules: Adriana, Antonio y Jesús Gómez Villaescusa. Ellos serán los encargados de marcar una nueva línea y dar un toque de modernidad tanto en la elaboración de platos como en el servicio. Adriana Gómez Villaescusa se jubila en el año 2012 dándole paso a la tercera generación que representa Francisco Pérez Gómez. “Es un orgullo para mí formar parte de esta familia y poderles contar este trocito de relato de lo que es una gran historia”.

Pero si tienen ocasión pidan comer en el restaurante. Como su nombre indica se alza sobre un peñón que separa dos calas, así que el comedor parece un balcón al Mediterráneo, contemplando las cristalinas aguas de azul turquesa que bañan sus playas. Y estando donde estamos, no se alejen demasiado de los productos del mar. Los espetos y la brasa juegan un papel fundamental en la carta de este restaurante. Se puede abrir fuego con espetos de: langostinos de motril a la sal y sardinas. También pueden ser de salmonetes, calamar o hasta bogavante. Se puede continuar con un pulpo a la brasa. No esperen la textura del pulpo cocido porque no la tiene. Ahora, a cambio de algo más de ejercicio de mandíbulas, encontrarán un sabor espectacular. Mar y brasa, éxito rotundo. Déjense aconsejar cualquiera de los pescados del mediterráneo a la brasa porque no hay lugar al fallo. Para los arroceros, paellas de marisco o arroz de bogavante. Paro los amigos de los guisos, zarzuela de Pescado y Marisco o la Caldereta de Bogavante.

Y si quieren regar todo esto con vinos locales, allá van algunas recomendaciones dentro de la carta: Guindalera Tinto, de Bodegas Calvente. Un tinto de las variedades Tempranillo, Syrah, Cabernet y Merlot con de 12 a 14 meses de crianza en barricas. Las viñas son del paraje de La Guindalera (falda sur de Sierra Nevada) entre 800 m y 1.000m de altitud, dónde se asoman como balcones al Mediterráneo. Otra opción es Calvente Blanco. Un blanco seco de la variedad Moscatel de Alejandría procedente de viñedos viejos de hasta 120 años enclavados en el paraje de La Guindalera. Expresa la complejidad, finura y olores de la uva, suelo y clima del que procede, apareciendo aromas frutales (melocotón, pomelo, piña), florales (azahar) y mientras el paso de boca se presenta elegante, fresco, equilibrado y con un final ligeramente amargo propio de la variedad, además de recuerdos a melocotón y piña.

Así es Salobreña. Un pequeño tesoro del Mediterráneo. Una fortaleza… gastronómica.

 

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