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Kaikaya o cómo sobrevivir al estigma de la plaza del Ayuntamiento

David Blay Tapia
Poco ayudan, lejos de las playas exóticas, los aspectos exteriores hawaianos. Y menos todavía el hecho de ubicarse en un lugar que se ha convertido en nido de franquicias a pesar del valor histórico monumental que exuda cuando levantas la vista hacia sus edificios.

Bien es cierto que ha habido locales que han roto las primeras impresiones en sitios ‘destinados’ a turistas. Uno de los primeros, por ejemplo, fue Marinetta Mia, del que hablaremos próximamente al haberse convertido hace tiempo en uno de los más interesantes restaurantes italianos de la ciudad.

Pero la vista nos lleva a la Plaza del Ayuntamiento. Vilipendiada, no sin razón, por haber perdido esencia, si bien quienes critican esta tendencia deberían ser más conscientes de cuánto cuesta un alquiler allí y de cuántas veces en realidad visitamos el centro más centro para buscar tomar algo de manera desenfadada.

Cerca, pero en realidad fuera del ámbito al que nos refererimos quedan excepciones como Bastard. Pero Kaikaya está en medio del meollo: casi en la confluencia con la calle San Vicente, cerca de tiendas de alpargatas y locales de yogures helados y té de burbujas. Y casi oculta por un cercano edificio gris dedicado a Hacienda.

Y sin embargo, la sorpresa interior es mayúscula. Comenzando por la decoración, que Mireia (la creadora del concepto) quiso orientar hacia un estilo surf convirtiendo su idea en la primera de sushi tropical de la ciudad. No en vano su maki de salmón flameado con fresas es de lo mejor de la carta con diferencia. Y hay mucho bueno.

Una mezcla atípica, la de Brasil y Japón, derivada como cuentan en su historia del atraque de un barco nipón en territorio latinoamericano en 1908, que obligó a ambas culturas a coexistir culinariamente pese a sus diferencias tanto en productos como en modos de elaboración.

Quizá por eso Kaikaya es especial. No solo por su ubicación. También por su propuesta arquitectónica y sobre todo gastronómica. Con brunch basados en ingredientes de moda como el açai. Cócteles que, sin tener el predicamento de otros con más nombre, hacen repetir una y otra vez a los comensales. Y platos Nikkei muy diferentes a cualquier otra propuesta de la urbe.

Porque, al menos en este caso, la valentía se premia.

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