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La tierra de las piedras

El Campo de Cariñena guarda un cofre lleno de tesoros. No en vano, conserva buena parte del arte mudéjar, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Y además, presas romanas, huellas de dinosaurios, y un horizonte que se dilata en un manto infinito de viñas.  

Texto y Fotografía: Rubén López Morán

El viajero leyó en una ocasión que las palabras no son más que las sombras de las cosas. Al fin y al cabo, las sombras que se proyectan sobre la memoria. La memoria de Santiago Gracia Ysiegas se remonta a cuando era niño e iba asido de la mano de Antonio Urbezo Unsain durante un paseo vespertino por las afueras de Cariñena. El viajero se imagina al niño pensando en sus cosas, por ejemplo, en que esa tarde tenía catecismo en la parroquia de la Asunción; y a D. Antonio, ensimismado en las panorámicas que le ofrecía el pueblo, recortado sobre un cielo otoñal. ¡Fíjate Santiaguito qué vista más hermosa nos brinda el pueblo justo desde este solar, con ese mar de tejados que parece romper en la torre de la iglesia que se alza sobre ellos como si de un faro se tratase! Santiaguito le mira con condescendencia mientras asiente con la cabeza. Cualquiera le llevaba la contraria al maestro, nacido de padres viticultores, y que desarrolló su carrera como pintor en Barcelona como discípulo de Ramón Casas y posteriormente en Bilbao como vidriero. Y cualquiera le lleva hoy la contraria a D. Santiago, que recuerda una escena que ocurrió hace más de medio siglo justo a la entrada de Bodegas Solar de Urbezo, justo en aquel solar desde donde aprendió a mirar el mundo y por ende la vida de otro modo. Como sólo saben mirar los hombres y mujeres que respiran por pura vocación.

La vocación de D. Santiago, sin embargo, llegó más tarde. Cuando ya era un mozo. Cuando acompañó a su padre a trabajar a la bodega familiar de las escuelas. Allí presenció una escena que le inquietó. Observó cómo de las bocas de los depósitos de vino salían burbujas, “como las que salen de un puchero”, rememora. “Mi padre me vio la cara de sorpresa que ponía y me dijo: no tengas miedo Santiago, acerca la mano”. “Pero cómo voy a acercar la mano ahí, padre, me voy a abrasar”. “No tengas miedo”, repuso. Acercó la mano y aquel aliento que lo advertía más ardiente que la boca del infierno, era frío como el hielo. ¿Cómo podía ser aquello cierto? Pues a partir de ese día, sin ser muy consciente al principio, consagró su vida a responderse a esa pregunta, primero como químico y después, desde 1995, como propietario y fundador de Bodegas Solar de Urbezo.

Por las calles de Cariñena
El viajero es consciente que él es un hombre sin arraigo. Cada uno es su yo y su circunstancia. Y la circunstancia de D. Santiago, en cambio, le conmina nada más pisar las calles de Cariñena a saludar a diestro y siniestro. ¡Buenos días, Isabel! ¡Adiós, Aurelio! En principio el viajero y D. Santiago tenían como destino la capilla del Santo Cristo de Santiago, patrón de Cariñena, siendo una de las tallas más veneradas entre los cariñenses y que parece ser se encuentra en la antigua sinagoga, aunque muy trasformada. No sin antes visitar la Fuente de la Mora (famosa por ser la que mana vino durante la fiesta de la Vendimia), la calle de Antonio Urbezo Unsain por razones obvias, y la Casa Consistorial, donde un cuadro del pintor preside el Salón de Plenos. Cumplieron con el plan previsto, sin embargo, el destino, como ese río impredecible que todo desborda a su paso, obliga a D. Santiago a acudir al tanatorio porque acaba de fallecer Dª Quiteria, con 104 años de edad. Vecina de la calle del Mediodía, recayente a la plaza Alta, donde todavía se mantiene en pie la casa solariega donde se crió Santiago. Una casa al más puro estilo aragonés, y que como el mismo D. Santiago reconoce, necesita con urgencia una mano de pintura.

De camino se topan con el mosén de la localidad, don Roberto Malo. Un sacerdote de los de ahora. Un joven treintañero al que le va la mala vida. Es un asiduo de las carreras de obstáculos que llevan por nombre Spartan Race. Recuerdan a la difunta, y acto seguido, D. Santiago se interesa por su salud. Acaba de llegar de Barcelona tras una carrera que no suele hacer prisioneros. Don Roberto le confiesa que esta vez pasó las de Caín, pero que pudo acabar. Y se citan en la parroquia una vez den el pésame a la familia de Dª Quiteria, justo antes de la misa de difuntos, ya que la presencia del viajero bien merece una visita guiada al templo. Y mientras D. Santiago y el sacerdote cumplen con el deber de compartir unos momentos con la familia de la centenaria, el viajero merodea por el exterior de la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción. Y admira la fábrica de la torre. Que como un faro, o un alminar, se alza sobre una planta octogonal rematada por una sucesión de estilizados arcos de medio punto y una cornisa que imita el matacán de un castillo. Y una vez en el interior, se abandona a los retablos, al órgano, y al baldaquino barroco del altar, que le recuerda al de San Pedro del Vaticano, con sus cuatro columnas salomónicas, mientras un grupo de mujeres reza el rosario que parece marcar el ritmo del silencio como si de un metrónomo se tratase: «Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén…».

El joven párroco invita a D. Santiago y al viajero a pasar a la Sacristía, donde se custodia una pila románica, fechada en torno a los siglos XII y XIII. Una auténtica joya en piedra. Así como les franquea el paso al coro hecho de madera de nogal y justo en medio el facistol, donde se apoyaba el libro coral abierto, obra de José Ariza. Y entonces, otra vez, las palabras se proyectan sobre la memoria de D. Santiago y cree ver a sus compañeros de catequesis, y al cura de entonces que les repasaba el catecismo sentados en los 33 sitiales. Y ciertamente los está viendo, porque todo recuerdo es el presente.

La carretera comarcal A-220
El presente inmediato de D. Santiago y el viajero pasa por la comarcal A-220 camino de Fuendetodos, la villa donde vio la luz Francisco de Goya y Lucientes, aragonés universal donde los haya, un 30 de marzo de 1746. Durante el trayecto, mientras en la ventanilla del coche se encaja un paisaje alomado cubierto de viñas y campos de cereales, para sucederse después otro completamente despojado, raso y estepario, Santiago, ya sin el don delante, le confía al viajero que esa era la carretera que de joven cogía para ir a ver a su novia Mª Ángeles, que veraneaba en la localidad de Samper de Calanda. Y le confiesa también que hacía demasiado tiempo que no pasaba por allí, siempre como está metido en el día a día de la bodega. Se emociona.

Antes de llegar a Fuendetodos atraviesan la localidad de Villanueva de Huerva y su puente medieval. El cual salva un valle que en otoño se pinta de amarillos, ocres y granates. Es el bosque de ribera que escolta el curso del río Huerva. Y que durante los meses de octubre y noviembre ofrece a propios y extraños su versión más impresionista. Y pensar que esto lo vieron los ojos del mismo Goya. Ahora es el viajero quien se emociona. A cada uno lo suyo. Una vez regresan al asfalto, el viajero le comenta a Santiago que Villanueva de Huerva no sólo posee un puente medieval en uso, sino que atesora un yacimiento de icnitas, único en la provincia de Zaragoza. Las icnitas son las huellas que dejaron los dinosaurios al caminar por los suelos arcillosos y que después de 150 millones años han solidificado en una sucesión calcárea. Y además, Villanueva de Huerva posee otro tesoro: este vivo y perenne. Antes de llegar a Fuendetodos, junto a una paridera que, según el Diccionario de Uso del Español María Moliner, hija del Campo de Cariñena, de Paniza para más señas, es un «Sitio destinado a que para en él el ganado especialmente el lanar», un camino conduce hasta el pino Pindera. Un ejemplar de Pinus Halepensis que se encuentra huérfano entre viñedos, y que hace un diámetro de tronco superior a 1,30 metros, mientras que la altura total llega a los 6,5 metros y su diámetro de copa supera los 16 metros.

Fuendetodos
En esta humilde y pintoresca localidad perteneciente ya a la comarca vecina del Campo de Belchite todo acaba en goyesco/a: taberna goyesca, panadería goyesca, recuerdos goyescos. A fin de cuentas, fue el pintor quien les puso en el mapa y de buen nacido es ser agradecido. Aun así los naturales del municipio han logrado conservar el gentilicio: fuendetodinos. Una toponimia que hace referencia a la Fuente Vieja de origen medieval de la localidad, y que cuando se puso en uso parece ser hacía referencia a “la Fuent de Tossos”, localidad próxima que tenía derecho sobre el caudal. No en vano, en Tossos se hallan los restos del Monasterio del Santo, que los expertos han calificado como “el románico del ladrillo”. Es decir, que se empleó ladrillo, en vez de piedra, para levantar los arcos de medio punto de la portada. Una rareza que bien vale una visita a un monasterio que merecería un trato más justo y acorde a la importancia que debió ostentar en el siglo XIII. Hoy está dejado de la mano de Dios, es decir, al albur del avance indolente del tiempo y la naturaleza.

Goya nació en Fuendetodos por las vueltas que da la vida, porque sus padres eran de Zaragoza. La familia de la madre era fuendetodina y su padre maestro dorador de retablos. Fue el encargo por parte del alcalde de entonces, Miguel, abuelo de la madre, de dorar los retablos de la iglesia lo que les trajo hasta aquí en 1746. Instalándose en una casa de la familia Gracia Lucientes. El 30 de marzo de ese año nació el aragonés más universal. Hoy, la casa está pulcramente restaurada y recrea el ambiente humilde y austero donde pasó su más tierna infancia. En la actualidad, en la misma calle que se encuentra la casa natalicia, está el edificio que alberga de forma permanente la producción del Goya grabador, exponiéndose las cuatro series de grabados más importantes del pintor, a saber: Los Caprichos, la Tauromaquia, Los Disparates y Los desastres de la Guerra.

Si el viajero y Santiago dispusieran de más tiempo se acercarían a visitar la gran nevera de hielo llamada de Culroya y la cantera romana de las afueras, de piedra caracoleña, muy apreciada entre los habitantes de entonces y ahora. Un tiempo este de los romanos que dejó una huella que ha llegado casi intacta a nuestros días en la presa de Muel. ¡Una de las obras hidráulicas más grandes del mundo romano! Una gran pared de sillares cuadrados, en opus cuadratum, que parece ser levantaron las legiones romanas que fundaron más tarde Caesaraugusta. No en vano, se cree que este embalse se construyó para asegurar el abastecimiento de agua a la actual Zaragoza. Y ya que estamos en Muel, conocida en el mundo entero por su industria cerámica, añadir que la presa está rematada por la ermita de la Virgen de la Fuente, con sus pechinas pintadas, ¡por quién va a ser!, por el aragonés universal Francisco de Goya y Lucientes.

La Virgen de Lagunas y el vino de las piedras
Hay que regresar al llano. Y adentrarse en un mar de viñas en calma donde justo en medio se divisa el santuario de la Virgen de Lagunas. Mª Carmen, la santera, ha preparado un plato de chorizo casero, morcilla y longaniza de Aragón, dos generosas ensaladas, y una fuente de ternasco, una comida regada con un Blanco Joven Urbezo, 100% Chardonnay; y el Manifiesto Santiago Gracia Ysiegas, un tinto crianza que conjuga Merlot y Cabernet Sauvignon. En esta época del año el viñedo se tiñe de verdes caducos, amarillos calabaza y destellos cobrizos.

Una tierra esta única y singular, cubierta como está de un lecho cascajoso, un guijarral donde las cepas arraigan profundamente para llegar al agua que el cielo les mendiga. Hoy, sin embargo, ese mismo cielo se ha empañado y una lluvia persistente oscurece las cepas de Garnacha, Tempranillo y Cariñena. Aun así, la santera invita a los visitantes a cruzar el patio y entrar en el santuario. Justo en el umbral el viajero advierte una placa que dice: «D. Santiago Gracia Artigas y Dª Paula Romeo Polo donaron este pararrayos en sus bodas de plata 1º de abril de 1928». ¡Los abuelos paternos del Santiago que tiene a su lado un 4 de noviembre de 2016!

Un hombre de 68 años para 69, hijo único, que perdió a su padre a los 22, y que se enamoró de Mª Ángeles cuando estudiaban en Zaragoza la carrera de Químicas. Un joven que durante los meses de verano comía todos los días con su madre, “en 20 minutos”, en la casa solariega de estilo aragonés sita en la plaza Alta de Cariñena, para acto seguido coger el coche y enfilar la comarcal A-220 e ir a ver a su novia que veraneaba en Samper de Calanda. Con la que se casó y tiene dos hijos: Asunción y Santiago. Y que a ninguno le ha entrado por ahora el gusanillo del vino siendo ella farmacéutica y él biólogo. “Ya me gustaría”, murmura para sí Santiago, mientras observa el retrato que pintó D. Antonio Urbezo siendo su madre, Manuela Ysiegas, una niña, y que hoy ocupa un lugar de excepción en la pinacoteca de la bodega que Santiago fundó en 1995 junto a dos collages de fotografías de sus nietos: Iván y Paula.

Un hombre, aquel D. Antonio Urbezo, que cogido a su mano, en el solar donde hoy se encuentra Bodegas Solar de Urbezo, le enseñó a mirar el mundo y por ende la vida de otro modo. Porque la vida pasa como un rayo, y que la obligación de todo hombre decente es dedicarse a ella en cuerpo y alma. Al fin y al cabo, vocación por el puro oficio de vivir.

Cómo llegar
Desde Valencia por la Autovía Mudéjar A-23. Hasta coger la salida de Cariñena accediendo a la Nacional 330 que bordea la localidad. Bodegas Solar de Urbezo da a la misma carretera. No tiene pérdida.

Enlaces de interés
Ruta del Vino Campo de Cariñena La ruta del vino de las piedras www.rutadelvinocampodecarinena.com

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