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Marina Beach contra los complejos (propios y ajenos)

David Blay Tapia
Cuando la zona de Las Arenas vivía de espaldas a la ciudad, te daba la sensación de que por una paella te iban a cobrar un dinero desmesurado y nos quejábamos de la decoración de los lugares clásicos (frente al mar pero apenas con vistas a él), durante años miles de voces clamaban por un espacio adecuado a un entorno tan especial.

Por otra parte, una generación entera ha crecido con imágenes cinéfilas de los Beach Club de Santa Mónica, envidiando poder comer mientras mirabas hacia el océano desde una piscina donde los cócteles acompañaban a una gastronomía que parecía más sugerente de lo que en realidad seguramente sería.

Pero si hay algo valenciano de verdad es elogiar lo ajeno y destrozar lo propio. Y hasta sorprenderse cuando, de todas partes de España e incluso de fuera de ella, vienen otros a valorar lo que tenemos y a profesarnos su envidia por lo que nosotros denostamos continuamente.

Cierto es que el Marina Beach primigenio adoleció de un marketing cuidado, trasladando quizá una imagen más cercana a los prototipos de Gandia Shore. Pero la realidad cuando uno entra a su restaurante es que los perfiles han variado sustancialmente. Y, sobre todo, que la variedad de lenguas en las que escuchas hablar a los comensales te ofrece una medida de la internacionalización de su propuesta.

Comenzando por apostar por lo local en algo (a veces) tan poco cuidado como el mobiliario. Bien se podría haber solventando el expediente, habida cuenta de que La Luz que entra directamente del Mediterráneo es inigualable, pero la puesta en valor de lo autóctono es evidente. Comenzando por el diseño del arquitecto Juan Ranchal y el interiorista Janfri, que decidieron que firmas de prestigio internacional como Andreu World, Vicarbe, Punt, Gandía Blasco, Point, Skyline Design, Vondom, Flos y Porcelanosa compusieran el puzzle del espacio. Un lugar que no sacaba en mesas, sillas y lámparas, sino que presiden un olivo y una raíz de teca diseñados por Joenfa Nature, ubicados en la Font de la Figuera.

Quizá, todo sea dicho, el impacto visual esté teniendo más peso hoy día que el culinario. Porque si bien el producto que se ofrece es de muy buena calidad, le faltan dos puntos para equipararse a referencias mayores a nivel gastronómico. Aunque, posiblemente, no sea su intención competir en altura con alguno de los tótems de la ciudad.

El concepto del menú degustación es, por ejemplo, muy bueno. Pero en su ejecución se echan de menos tres cosas: una mayor explicación de los platos (que en su mayoría son sencillos pero tienen ingredientes especiales a los que debería darse más valor como el granizado de Agua de Valencia), un storytelling sobre los vinos con los que maridan (pues algunos como Finca Calvestra son capaces de emocionar al comensal si conoce el esfuerzo de Mustiguillo para llegar hasta él) y posiblemente una propuesta de arroz más basada en los clásicos de Juan Carlos Galbis.

Ha sacado Marina Beach todo lo que se pedía a los establecimientos ‘oldies’ (vistas al mar, terraza, incluso propuestas alternativas como la barra de sushi, que al final se basa en arroz y pescado de la tierra), pero también sigue la línea de no definir un producto concreto y sin embargo, salvo en su menú de mediodía, ser un restaurante con precio de Sol Repsol.

Y ante esto, la pregunta es: ¿está hecho para valencianos o en realidad su estrategia, plausible, es ser un lugar para todos los que no son de aquí?

ME ENCANTÓ.- El ceviche de corvina con granizado de agua de Valencia
A PEDIR SIEMPRE.- El pulpo asado a la brasa sobre muselina de boniato
PUEDE GANAR PESO.- Su mar y montaña, con una muy buena gamba roja pero una molleja que queda lejos de otras que pueden degustarse en Valencia

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