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Déjate seducir por el mundo del vino

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Les cuento una historia

David Blay Tapia

Desde que tengo uso de razón he comido en restaurantes. Para mí es una suerte haber nacido en el seno de una familia con querencia por salir a tomar algo a los bares y es algo, de hecho, que repito con mis hijas asiduamente. He probado desde bares humildes de carretera a lugares con tres estrellas Michelin. Y en casi todos ellos he disfrutado tremendamente.

No por ello pienso que soy un experto. Un gastrónomo disfrutón, quizá, pero no alguien con los conocimientos culinarios suficientes para juzgar el trabajo de alguien profesional.

De Gran Azul a Gigante Azul

Fue valiente Abraham Brández al apostar por algo que, saliendo de la crisis, no era innovador ni disruptivo ni barato. Pero ha demostrado que sin necesidad de campañas histriónicas se puede generar una clientela fiel y otra aspiracional. Siendo esta segunda, además, posible repetidora por el hecho de que el precio de comer o cenar allí no supone meses de ahorro para una familia media.

Comer con las manos junto a Steve Anderson

Es curioso cómo muchos cocineros ponen nombres aspiracionales a sus restaurantes. Pero no por lo que quieren que sea, sino porque evocan lugares a los que siempre han querido ir y por diversas circunstancias todavía no han visitado.

Es el caso de Baalbec, que hace muy poco tiempo puso en marcha Steve Anderson y que ya llena a la hora de comer con una propuesta capaz de atraer a públicos muy diversos. Quizá incluso de mayor diversificación que Ma khin, donde no todo el mundo es capaz de apreciar una cocina tan concreta.

La Valencia mediterránea capaz de unir dos cocinas antagónicas

Existe un runrun entre el colectivo gastronómico valenciano en el que, todavía sottovoce, se asegura que la ciudad ha cambiado. Que la oferta, la composición de los locales, la apertura a nuevas culturas y sabores y la rentabilidad se están acercando a los primeros impulsos del boom que vivieron Madrid y Barcelona. Que aquí, por fin, ya se puede comer de todo. A cualquier nivel de precio. Y que un comensal no mira raro a un chef si éste, con un negocio floreciente, decide abrir otro más personal. O simplemente más cercano a todo tipo de públicos.

¿Puede una alcachofa convertirse en el emblema de un restaurante japonés?

Diego Laso tiene 40 años, ha vivido en Japón y da tan buenas condiciones laborales a sus trabajadores en Momiji que casi todos los que empezaron con él continuan a su lado. Algo tremendamente difícil de decir en una ciudad de altísima rotación como Valencia. Mucha gente se preguntará por qué comenzamos diciendo su edad, como si esto fuera una crónica rosa pero tiene más importancia de la que parece, a pesar de enmarcarse en la generación X y no ser considerado Millenial.

La cocina de la rebelión

¿Cómo aprendes a cocinar si una legión de sirvientes te impiden siquiera acercarte a los fogones? ¿Qué representa, en ese caso, la comida en las reuniones familiares, si no existe un plato característico que encierre detrás el esfuerzo o la pericia de un ser querido? ¿Cómo tienen lugar las conversaciones entre abuelos y nietos, si no es en las jornadas interminables de preparación de viandas donde los primeros ya no tienen prisa y los segundos nada que hacer?