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Villargordo del Cabriel: Entre cuchillos, batallas, trincheras y copas

10 diciembre, 2019

Jaime Nicolau / Vicent Escrivà
Cuando el paisaje habla, las palabras sobran. Seguramente la frase valga para muchos pueblos, muchos paisajes… pero se escribe con mayúsculas en Villargordo del Cabriel. Y se escribe así porque es el único pueblo que lleva en su apellido el nombre de un río y de un Parque Natural que son Reserva de la Biosfera para la Unesco. Villargordo cuenta con apenas 600 habitantes. Por contra presenta un patrimonio paisajístico y cultural que atraen a millares de turistas, amantes de la naturaleza, pero también de la cultura y la historia y, por qué no, ahora también del vino con el joven proyecto de Las Mercedes del Cabriel. Te invitamos a que nos acompañes a un viaje inolvidable entre cuchillos, batallas, trincheras y copas.

Nos acompaña en el recorrido Carmen Suárez, alcaldesa de la localidad. También José León, propietario de Las Mercedes, una bodega asentada en estas tierras desde 1800 y con la que emprendió este sueño en 2015, tras años de reformas de sus dos espectaculares edificios.

Comenzamos en el casco urbano de Villargordo, frente a la iglesia Parroquial de San Roque, del s. XVII. Una historia marcada por los diferentes asentamientos culturales a lo largo de los siglos. Íberos, romanos y árabes ocuparon este territorio dejando cada uno su marca y su identidad propia. La huella de cada una de ellas salpica el término municipal de numerosos rincones dignos de visitar.

Pero si algo enamora de este pequeño pueblo del interior de la provincia de Valencia es su riqueza paisajística. Preguntamos a su alcaldesa por el punto más espectacular de ellos y lo tiene claro: Peña Blanca. Es un espectacular mirador a los Cuchillos del Cabriel. Un tesoro creado por la naturaleza que hipnotiza y uno no puede dejar de mirarlo. Se llega en coche hasta la zona de las trincheras (de ellas hablamos después) y desde allí un hermoso paseo de unos cuatro kilómetros que recorren numerosos senderistas.

Desde ahí bajamos de nuevo hasta las Trincheras de Contreras. En ella se libraron batallas de la Guerra de Sucesión, la Guerra de la Independencia, las Guerras Carlistas y la Guerra Civil, especialmente por tener en su término el Río Cabriel y su profunda hoz como separación natural entre los Reinos de Castilla y Valencia. Hoy se recrean las batallas Napoleónicas con una excelente acogida turística.

Regresamos al pueblo y la alcaldesa va recordándonos otros puntos de interés turístico como la Torre del Telégrafo o los yacimientos del Valle del Moluengo. Nos despedimos de ella y tomamos camino a Las Mercedes con José León.

Entramos en la finca en la que destaca una imponente casa de finales del s. XIX. Es una construcción de la familia Oria de Rueda de la mano del prestigioso arquitecto valenciano Demetrio Ribes. Es una casa-bodega estilo ‘Chateaux’ llamada ‘Bodega de las Mercedes’ en homenaje a su esposa y a la hija del fundador. Una bodega vanguardista para su tiempo, que ya entonces funcionaba por gravedad, utilizando depósitos subterráneos. José nos explica con calma, con el tiempo detenido, que la hoy recepción era una capilla, de lo que una lápida en la pared da fe. Bajamos unas escaleras hasta la zona de pequeños depósitos de acero inoxidable. Frente a ellos, los antiguos depósitos de cemento que han aprovechado para montar su coqueto parque de barricas.

Cuando ya te has enamorado, y crees que lo has visto todo, José te invita a pasar al edificio contiguo que es la antigua bodega, todavía más que la otra, de la finca. Y es que allá por el 1800, los frailes de un convento convirtieron sus sótanos en una bodega con 33 ánforas de barro de 63 arrobas de capacidad cada una, sumando un total de 36.000 litros. Una joya encastrada en otra joya.

Y casi no hemos hablado de vino y Las Mercedes ya nos ha ganado para siempre. Pero también hay vino, y qué vino. Elaboran 2500 botellas de un bobal viejo de 80 años con un proceso estrictamente artesanal. Todo el proceso se realiza por gravedad, lo que garantiza que la uva es mimada al máximo durante todo el proceso. El asesoramiento técnico corre a cargo de José Hidalgo padre, uno de los enólogos más prestigiosos del país. El resultado es un tinto mediterráneo pero de marcado carácter atlántico y enorme frescura debido a la altitud, 850 metros, de Villargordo. Sale de una parcela de apenas cuatro hectáreas que pasa por una selección en viñedo y otra doble selección en bodega. Una vez elaborado el vino pasa por barrica nueva, que cambian cada tres años. La producción máxima será algún día de 9000 botellas, pero cada año oscila a merced de las contingencias de cada cosecha, llevando a la botella lo que ha ocurrido en la viña durante el año.

Y así, en una coqueta bodega que hace peregrinar hasta la localidad cada vez más turistas, despedimos este viaje a un paisaje que debe andar muy cerca de ser el paraíso. Una tierra de enorme belleza, con historia, cultura y tradición. Un inolvidable paseo entre cuchillos, batallas, trincheras y copas.

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