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Déjate seducir por el mundo del vino

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Sucede y el storytelling

David Blay Tapia
Lo tiene todo el restaurante del Hotel Caro para convertirse en un referente único en la gastronomía valenciana. Y no solo por la recientemente concedida Estrella Michelin. Ningún otro lugar de ese nivel culinario se ubica entre ruinas romanas y árabes, por ejemplo. Y su propuesta, bien explicada, es muy atractiva.

Hago hincapié en el ‘bien explicada’. Para quien desconozca el concepto que les ha llevado arriba en un tiempo poco común (menos de un año), el relato es parte fundamental. Casi al mismo nivel que la comida, que obviamente se da por sentado que será buena.

En base al especial lugar donde se ubica, su chef Miguel Ángel Mayor tuvo la inteligencia de proponer dos aspectos inamovibles: dos menús, sin mayor posibilidad de elección. Y, sobre todo, un paseo por los productos, los sabores y la forma de comer (muchas veces con las manos) que se tenía en las épocas anteriores a la Reconquista.

Cierto es que hoy todo el mundo investiga un lugar en el que se gastará dinero por comer antes de elegirlo. Lo compara. Lee entrevistas y reportajes. Y se imbuye. Pero no lo es menos que la mayoría de veces accede a él por una recomendación cercana. Y es entonces cuando se corre el peligro de que las expectativas sean más fuertes que lo que te encuentres. Aun teniendo esto un nivel extraordinario.

Vengo a explicar esto por la siguiente cuestión: un amigo me llevó a comer allí. Y mientras esperábamos al tercer comensal, me contó que había visto a Miguel Ángel en una charla. Que les había dicho que quería respetar la historia del lugar, pero también dejar de lado productos que no fueran valencianos. Por eso, entre otras cosas, se da el salto en el menú de 1492 a la actualidad. No se utilizan productos que llegaron tras el descubrimiento de América. Algo con una muy buena lógica a la hora de exponer tu proyecto.

Solo con lo que me hizo llegar, me dieron más ganas de probar todo lo que nos ofrecían. Y cuando lo hice, me pasaron tres cosas. La primera, que como en todas partes hubo platos que me gustaron más que otros, pero en general el nivel era muy bueno. La segunda, el concepto, la elaboración y la presentación eran preciosos, aunque quizá en algunos en concreto habría que advertir la manera de comerlos para que no se resquebrajaran. Pero fue la tercera la que más me llamó la atención.

Escribíamos hace poco en este mismo espacio sobre si los chefs deberían plantearse fichar periodistas como jefes de sala. Y cada vez mi convencimiento es mayor. Si bien es cierto que la atención fue impecable, el timing de salida rapidísimo y muy adecuado y el trato exquisito, para completar la experiencia me faltó algo. De hecho, tuve la sensación de que la conversación de mi mesa fue incluso mejor que la comida, que era excelente. Pero en esa conversación pocas veces se hablaba de lo que nos acababan de sacar, por lo que no tuvimos ningún WOW específico más allá del estético.

Para quien no haya ido, lo recomiendo encarecidamente. Por sentarse donde posiblemente lo hizo una familia romana hace más de 3.000 años. Por disfrutar de un lugar con enorme calma. Por deleitarse la vista, y en muchas ocasiones el paladar, con creaciones de muy buen nivel. Pero quizá con un handicap a mejorar: si tienes tanta historia, no pares de contarla. No te limites a resumirla. Quien acude allí lo hace con los ojos y las orejas abiertas y va a pararse a escucharte durante un minuto en cada cambio de servicio si hace falta. Y ese, a pesar de todo, será seguramente el factor diferencial que hará que se lo cuenten a otros.

Porque lo que lleva gente a los restaurantes es que otros hablen de ti
ME ENCANTÓ.- Que pongan en valor la casquería con los platos de conejo
A PEDIR SIEMPRE.- No se puede pedir si no es dentro del menú, pero la ventresca de atún y lengua salada es brutal
PUEDE GANAR PESO.- Algunos platos donde el ingrediente principal se queda escaso para poder encontrar el contraste con los sabores que le complementan

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