Se advierte al usuario del uso de cookies propias y de terceros de personalización y de análisis al navegar por esta página web para mejorar nuestros servicios y recopilar información estrictamente estadística de la navegación en nuestro sitio web. Política de cookies Acepto No acepto

170925-bmw-engasa

Déjate seducir por el mundo del vino

Menú

Una tierra entre montañas

El Altiplano murciano es pródigo en paisajes y horizontes dilatados. De sierras de perfil fruncido y encrespado. Y entre medias, pueblos y caseríos que parecen vivir un tiempo propio.

Texto: Rubén López
Fotografía: Fernando Murad

Durante el mes de marzo las Sierras del Carche y La Pila se envuelven de nubes. Unas permanecen sobre sus cumbres como boinas. Otras descienden por sus laderas provocando incendios desconcertantes. Las montañas parecen despedir vapor bajo un sol que apenas palpita. Hasta que el viento de poniente barre sus perfiles con saña, recogiendo las greñas que se quedaron enganchadas de los riscos, mientras el cielo se enmaraña, ofreciendo una paleta de grises sobre un lienzo de un azul tímido. Turbio.

Estas son las notas que toma el viajero cuando cata el cielo que se extiende como un palio entre el Carche y la Pila. A sus faldas un valle de textura pedregosa y blanquecina que bajo la lluvia de una primavera incipiente se ablanda y ruboriza. No en vano, el agua tiene la propiedad de oscurecer la tierra como los recuerdos la memoria. Una memoria que aquí se conserva a duras penas sobre un paisaje sencillo que ribetea los márgenes de la carretera que une las poblaciones de Jumilla y Pinoso. Un lugar que se quedó a medio camino entre dos mares: el que baña las costas de Alicante; y el que dibuja unas lomas redondeadas como las caderas de una mujer.

La memoria del paisaje
Hay paisajes que aún conservan las huellas del pasado. Mantenidas gracias a que se encontraban en la trastienda de los tiempos que estaban por llegar. Los tiempos que con denodada dedicación lograron desfigurar la franja litoral. Haciéndola incluso irreconocible para quienes estaba en principio reservada. Al viajero no le cabe la menor duda que los Palmer, Walker, Baker y compañía, que hoy ocupan los pulcramente rehabilitados caseríos de Torre del Rico – y que, por eso mismo, “cantan por soleares”, según Ramón Pérez, nacido en el vecino Caserío de Los Cápitos, y en la actualidad responsable de la Finca del Olmo Resort, y “por las caravanas aparcadas en sus patios”, añade el viajero-, no sólo se han instalado aquí por la abundancia de horas de sol. En realidad están aquí porque vienen huyendo. Huyen del ladrillo que curiosamente producían las canteras de áridos que han dejado un reguero de mordiscos en el curso bajo de este valle.

Pero el viajero no ha llegado hasta aquí para seguir ese rastro. Si se ha dejado caer por aquí es por su búsqueda incesante de lugares que le den tiempo al tiempo. Harto como está de aquellos otros donde el tiempo se gana para acto seguido perderlo. Quizá su amor por los nombres de los lugares que atraviesa proceda de su afán por formar parte de algo. De dejar de ser un intruso. Qué es al fin y al cabo la toponimia, si no el último testigo de un pasado que quizá ya no se encuentre entre nosotros. Afortunadamente, Torre del Rico mantiene en pie la torre (erigida en el s.XVI) que le da sentido. Una especie de faro que no sólo vigilaba el trasiego de hombres, rebaños y productos entre las tierras del interior y de la costa, sino que además era un símbolo de poder de quien la levantó: Antonius Rico me fecit 1573. Desde sus tres troneras de sillería abocinadas se alcanza otro enfoque del paisaje. Otra forma de ver el alrededor. Advirtiendo por ejemplo una concavidad de blanca arenisca enclavada en el paraje conocido como La Pedrera. A la vista se tiene un pequeño yacimiento de moluscos, testigo de cuando estas tierras formaban parte del fondo marino.

De prospecciones y pocicos
Quizá fue este dato lo que provocó que estas tierras fueran objeto de prospecciones petrolíferas hace 30 años. ¡Qué disparate! Barrenaron algunas zonas cambiando el curso de algunos cauces. Secando balsas de riego y de baño. Afortunadamente no se encontró ni una gota de petróleo en el subsuelo. Aquí lo único que se encuentra gracias a esas interiores torres redondas / esos puntos de río, sin acento / cañones de canto / quinqués subterráneos…que son los pocicos, es el agua donde se miraba la luna del poeta*. Hoy algunos de sus brocales de piedra seca son pasto de las malas hierbas, porque en sus huertos se dejaron de plantar brócoli, lentejas o alcachofas para sembrar placas solares. Una historia que no está acabando bien debido a los recortes, la reducción de años que garantizaban las primas y los nuevos impuestos. ¡Otro disparate!

El vehículo continúa su periplo. Los Caseríos se encajan en la ventanilla como retazos de un tiempo ajeno. Las Casas de Don José Paga Bien; El Pozo de las Mulas; La Zarza. En este último llegó el agua potable un 18 de febrero del 2006 reza una placa conmemorativa en la ermita de Santa Ana. Algunas alquerías asemejan pecios varados sobre unas crestas que se erizan de almendros en flor; olivos de verde plata; y viñas que emergen de la tierra como esforzados muñones. Cepas antiguas que han visto pasar por encima de sus artríticos sarmientos miles de cielos, algunos fríos y húmedos; otros secos y tórridos. Extremos. Sin medias tintas. Sólo hay que acercarse a ellas para darse cuenta que no sólo transpiran vinos de excelente calidad, como los Equilibrio de Bodegas Sierra Norte, sino historia. O historias. Como la de Jaime “El Barbudo”.

Jaime “El Barbudo”
El viajero se interna por el barranco del Zurridor de la Sierra del Carche donde algunas fuentes populares sitúan una de las guaridas de este mítico bandolero de principios de siglo XIX. Y que tuvo en jaque no sólo a las tropas napoleónicas durante la Invasión Francesa, lo que le granjeó el favor del pueblo y de algunos ilustres extranjeros, como el del Barón Taylor quien lo empleó de escolta durante la Guerra de la Independencia. También sembró mucha cizaña entre las fuerzas vivas del terreno lo que le condujo a la horca un 5 de julio de 1824 en Murcia. Y como eso no pareció ser suficiente, a continuación lo descuartizaron y frieron sus despojos. Trasladando cada uno de ellos a los lugares donde aún conservaba algún partidario. Una forma como otra cualquiera de atemperar los ánimos de revancha si los hubiera o hubiese. Si quieren saber más sobre este mítico bandolero acudan a la magnífica crónica del periodista Antonio Botías publicada en La Verdad de Murcia el 27/06/10 titulada muy gráficamente: ‘El día en que frieron a Jaime, el Barbudo’.

Y hablando de fritos, ya es hora de disfrutar de la gastronomía local. El viajero compartirá mesa y mantel con Ramón Pérez, responsable de Finca del Olmo Resort, y Agustín Navarro, de Bodegas Sierra Norte. El lugar elegido el Restaurante Casa del Olmo donde les espera la cocina del matrimonio Rosario González Lagomazzini y Francisco Rueda Ramos. La minuta: arroz con conejo y caracoles al sarmiento; gazpacho jumillano y gachamigas. Platos regados con los vinos Equilibrio 9 y Pasión de Monastrell. El viajero podría añadir que el gazpacho se deshacía en pellizquitos de harina cuajada en aceite de la almazara Culebrón; que el arroz desprendía aroma a monte bajo; y que las gachamigas le puso ‘a tope de power’. Y lo hace tras el debido reposo.

Al viajero no le cabe la menor duda que Jaime “El Barbudo” sabía de las propiedades nutritivas de este plato. Y que a buen seguro este le dio un plus de energía para escapar de sus perseguidores. Como recuerda Ramón, “la gachamiga era lo que comían mis abuelos y mi padre nada más levantarse antes de echar todo el día en el campo”. Y con esa expresión tan humilde como hermosa quiere despedirse el viajero. Si pueden descuélguense por estas tierras del norte de la Región de Murcia y echen todo el día. Descubrirán una tierra donde el tiempo ni se gana ni se pierde. Sólo se da.

Jumilla, capital del Altiplano murciano
El perfil de Jumilla no pasa indiferente. Una silueta señoreada por el castillo erigido por el Marqués de Villena D. Juan Pacheco Girón, en 1461. Mientras a sus pies se arremolina un tupido mosaico de tejados. Si el tiempo no les pisa los talones callejeen. Visiten sus museos. Disfruten de una ciudad modernista y laboriosa. Pregunten por el jardinico de las ranas. La actual plaza de la Constitución. En ella están las dependencias del Museo Etnográfico y de Ciencias. Y luego remonten hasta la Plaza de Arriba presidida por el Palacio del Concejo y Lonja, la antigua Posada y la ermita de San José. No se detengan. Enfilen el antiguo camino de acceso al Castillo o Subidor de los tiempos árabes. Y allá arriba, bajo la atenta mirada de la Torre del Homenaje, de fisonomía redondeada para amortiguar el impacto de la balas de cañón, dejen que la mirada se dé una vuelta de horizonte. Momento en que conquistarán un paisaje que aún conserva parte de su memoria.

*’Perito en lunas’, Miguel Hernández.

 

Enlaces de interés:

Consejo Regulador Denominación de Origen Protegida Jumilla
vinosdejumilla.org

La ruta del vino de Jumilla
rutadelvinojumilla.com

Ayuntamiento de Jumilla
www.jumilla.org

Finca Del Olmo Resort
www.fincadelolmoresort.com

Bodegas Sierra Norte
www.bodegasierranorte.com

0 comentarios en Una tierra entre montañas

Deja tu comentario

Tu e-mail no será visible.

* Requerido

* Requerido