Déjate seducir por el mundo del vino

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La tierra que nos une…

El Plà de Les Useres es un mosaico que tiene por teselas campos de almendros y olivos; y de un tiempo a esta parte, viñas. Una llanura que se ofrece como un rellano entre el macizo del Penyagolosa y el mar Mediterráneo.  Y justo a medio camino, la finca del Clos d’Esgarracordes.

Texto y fotografía: Rubén López Morán
La patria de un viajero no es el mundo entero. Eso es una boutade. En realidad la patria del viajero son las palabras con las que hilvana sus pasos, a sabiendas de que no podrá detenerse en ninguna parte porque si lo hace, sus palabras dejarán de correr como un río. Da igual que ese río baje con agua o sin ella. Como por ejemplo la rambla de la Viuda, en la comarca de l’Alcalatén. Un río de piedras que como una morrena pétrea drena las últimas estribaciones del sistema Ibérico de la provincia de Castellón. Y que atraviesa una llanura conocida entre sus habitantes como El Plà. Un llano que se abre a los pies del macizo del Penyagolosa y que ve interrumpido su llegada al mar por un conjunto de tímidas colinas.

Esta es la tierra que une los municipios de Vilafamés, Les Useres, La Vall d’Alba, Benlloch y Cabanes. Un escenario que aún conserva la memoria de un paisaje que un puñado de bodegas intenta reavivar (www.rutadelvinocastellon.com), recuperando una de las piezas que hacía posible uno de los valles más fértiles de la geografía valenciana desde tiempos pretéritos. No fue un capricho del destino que los romanos, hace más de dos milenios, hicieran pasar la Vía Augusta por estas latitudes o mejor dicho por esta latitud o meridiano 0 de Greenwich. Una calzada de piedra que, como la rambla de la Viuda, drenaba los preciados líquidos que producía aquel mar de viñas y olivos que se extendía hasta perderlo de vista.

Todavía hoy es posible evocar esos tiempos, sobre todo si se atraviesa el arco romano de Cabanes, como lo hacen, por expreso deseo del viajero, Sergio Garrido y Mario Malafosse, propietario de Bodegas y Viñedos Barón d’Alba y el enólogo de las mismas, respectivamente. Un deseo que sólo pretendía escenificar una metáfora visual del camino que debe conducirles al triunfo de una manera de estar en el mundo: que no es otra que el vino que produce un terroir alrededor del extraordinario paraje conocido como Clos d’Esgarracordes.

La Basseta
No obstante para aproximarse a esa manera de estar en el mundo el viajero, de la mano de Sergio Garrido, deberá remontar el curso del tiempo. Una circunstancia que aquí, en El Plà de les Useres, es de una importancia capital. No en vano viven sujetos a él. Siempre mirando el cielo. Este año ese tiempo ha traído muy poca lluvia y el frío a deshora, malogrando los campos de almendros quemándolos vivos. Así lo hablan Sergio y Vicente Forés y su señora, Conchita Tomás, junto a la casa de este matrimonio que ya pasó de largo las bodas de oro. 67 años del ala. Al viajero se le alzan las cejas en un acusado acento circunflejo, cuando Conchita parece dar con la tecla: “Es que ahora las parejas jóvenes no tienen paciencia”. Eso será, se dice el viajero para sus adentros, que apenas cumplió una década y gracias, mientras observa cómo un gato se solaza sobre el tejado de la casa de este matrimonio octogenario. Aquí empezó todo. En esta pedanía de Vilafamés la familia Garrido Marco tenía unas cepas. Unas cepas que se las llevó la crisis de la filoxera primero, la emigración a Castellón después, y como remate, la entrada en la UE en los años 80, que obligó a arrancar un buen puñado de ellas. Sin embargo, algo se le quedó en la cabeza a aquel niño que acompañaba a su padre a ver al tío Forés. Y que regresa de vez en cuando para recordar un tiempo donde la basseta que da nombre a la pedanía reflejaba un pedazo de ese cielo. Hoy una rehabilitación digna de mejor causa la ha cubierto del mal de nuestros días: el cemento. “Ahora que ya sólo quedamos viejos la tapan”, dice Vicente con un deje de ironía, mientras se da media vuelta y un viento de una primavera húmeda y fría sacude la ropa tendida de un cordel entre dos árboles.

La rambla de la Viuda
Al horizonte se le han pegado las sábanas y la llanura se difumina en un ambiente neblinoso, cálcico. La carretera avanza y atraviesa la rambla de la Viuda de camino al pueblo de Les Useres. Momento en que Sergio le confiesa al viajero que cuando tiene ganas de darse un respiro se acerca a este costurón pedregoso. Un lecho cubierto de cantos rodados, arenas y arcillas. Un curso que ahora se muestra accesible y dócil, pero que cuando en el Penyagolosa jarrea se vuelve temible y fiero, desatándose una naturaleza llevada por los mismos demonios. No conviene vadear unas aguas que bajan teñidas de un inquietante color café con leche. Porque esas aguas tienen el poder de dar y quitar la vida. No en vano, este valle se ha rellenado a fuerza de sus avenidas durante miles y miles de años. Recubriéndolo de una tierra de aluvión que es puro mestizaje.

Les Useres
El interior de la provincia de Castellón aún conserva destinos iniciáticos, y Les Useres es su paradigma. No sólo porque se encuentra bajo la atenta mirada de un gigante de piedra (Pic Penyagolosa, 1814 m.); sino porque cada último viernes del mes de abril de cada año y el sábado posterior, 13 de sus vecinos emprenden un largo peregrinaje hasta el ermitorio de Sant Joan de Penyagolosa, en agradecimiento de un pueblo salvado allá por el siglo XIV del flagelo de la peste. Barbados, vestidos con sayón azul morado, tocados con un ancho sombrero negro de fieltro, y con un bordón en la mano, recorren en silencio unos 33 kilómetros siguiendo un ritual estricto. Al día siguiente regresan de nuevo al pueblo, en solemne recogimiento. En la actualidad, ha desaparecido el flagelo de la peste, pero hay otros de igual o peor virulencia. Como por ejemplo el de la corrupción. Así se lo advierten al viajero y a Sergio, Francisco Andrés Gual y Luis Juan Puig, dos hijos de Les Useres desde hace más de ocho décadas, de vuelta de La Font de més amunt por el camino del agua. Un paseo que ribetea una recoleta vega de un pueblo que desde el banco donde están tomando el sol adopta forma de ballena. El viajero les pregunta cuál es la receta de una longevidad tan bien llevada. Francisco frunce el ceño y le mira de hito en hito. Y acto seguido recita de memoria los ingredientes: “De joven andaba cerca de dos horas para ir a trabajar a Vilafamés; labraba y segaba con el macho, y cortaba leña; además, cuidaba de un pequeño rebaño de ovejas”. Resumiendo, trabajar mucho. Acompañado, eso sí, apostilla Francisco, “de unos aires buenos y de la olla”. Sin ningún género de dudas eran otros tiempos. Ni mejores ni peores, sencillamente otros. Aunque Francisco le recuerde, antes de despedirse, que en algunas cosas estamos peor. Incluso aquí, en Les Useres, donde las cosas parecen permanecer siempre en el mismo lugar y del mismo modo, aunque el viajero en su fuero interno sepa que no es así. Pero es tiempo de creer. De creer que hay lugares donde el tiempo perdura, como el arco romano de Cabanes, que ni siquiera unos desalmados, le cuenta Sergio, pudieron echar abajo atándole una cuerda al arco y tirando de un coche.

El personaje Esgarracordes
El viajero cree que la relación entre las palabras y las cosas no es una asociación arbitraria, sino un vínculo sustancial y tangible. Como tangible es el campanario donde hace más de un siglo Esgarracordes tocaba las campanas y rompía las cuerdas de la iglesia de Les Useres tal era su fuerza física. Como sustancial es la tierra donde hoy se asientan las 15 hectáreas del Clos d’Esgarracordes. Un nombre heredado del que fue su antiguo propietario por otra parte. No muy lejos del campanario, se encuentra el Museo de los Peregrinos de Les Useres, y los lavaderos municipales. Dos para ser precisos. El que estaba reservado para la colada de los vecinos sanos; y un segundo, para los enfermos. Quizá aquella salvación del flagelo de la peste, en el siglo XIV, no se debió a la intercesión divina, sino a las medidas profilácticas tales como no lavar con la misma agua la ropa de las personas sanas y de las enfermas. Ahora bien, nunca falta motivo para salir en rogativa. A buen seguro que este año los doce peregrinos y el guía rezarán para que el cielo no sea tan rácano con el preciado elemento y llueva de una vez, aunque a la rambla de la Viuda se le lleven los demonios. Aunque tanto el viajero como Sergio saben que esas aguas que parecen bajar enfadadas con el mundo llevan consigo la tierra que nos une…

En ruta
Las comarcas de interior de Castellón son un cofre lleno de tesoros para los apasionados de la naturaleza en estado casi virginal; de los paisajes modelados por el empeño del hombre (la piedra en seco); del arte rupestre, civil, religioso y contemporáneo. Una geografía que une como un collar de cuentas pueblos ajenos a las leyes de la gravedad (Xodos, Culla, Ares del Maestrat). Y todo bajo la influencia de un tótem natural, un hijo de la madre tierra: el Pic Penyagolosa. Una cumbre que por otra parte se deja hollar su coronilla pétrea tras una exigente caminata de cinco kilómetros desde el ermitorio de Sant Joan de Penyagolosa. Y desde la cual, a una vuelta de horizonte, se domina el infinito. Pero hay más. Hay un valle que conserva un bosque de robles y encinas gigantes (Barranc dels horts). Y dos museos que se revelan como los extremos de una misma cuerda. El museo de la Valltorta (Tirig), declarado patrimonio de la humanidad desde 1998, una especie de capilla Sixtina del arte rupestre levantino; y en el otro cabo, el museo de pintura contemporáneo emplazado en Vilafamés. Un pueblo que bien vale una visita. De una blancura moruna sobre una montaña de piel roja. Todos estos lugares tienen la facultad de precipitarse en la memoria. De dejar poso. Recórranlos y bébanselos con los ojos.

Dónde comer
Caracoles y setas del Penyagolosa; conejito con all i olli a la brasa; paletilla de cabritillo; alcachofas de Les Useres; pescado fresco del Mercado Central de Castellón; aceite de Les Coves de Vinromà; y acompañando un bocado tras otro, vino tinto del Clos d’Esgarracordes. El viajero no es crítico de nada. Ni falta que le hace para apreciar que la cocina de Teresa Roures, la dueña del restaurante, arraiga en la misma tierra de aluvión que las viñas de donde procede el vino que preside la mesa. Un vino que, según los enófilos, se deshace en aromas de ciruela, grosella negra y mora. Un vino definido por una manera de hacer las cosas o filosofía de trabajo con el fin de revelar la mejor parte de lo que tienen en los campos. Lo que se ha venido en llamar la enología del terroir. Del terruño. La tierra que se trabaja, de la que se vive, y se añora. De eso está hecho este vino y, en cierto modo, de todas las escenas vividas que, como fotogramas de una película, se agolpan en la memoria del viajero: La Basseta, el matrimonio Forés, la rambla de la Viuda; Francisco y Juan; y, por supuesto, ese fenómeno de la naturaleza llamado Esgarracordes (Mas de Roures. A 1 km. de la Vall d’Alba dirección Benlloch. Tlf. 964 32 01 09).

Cómo llegar
Desde Valencia: tomad la A-7 y Cv-10 Autovía de la Plana dirección Castellón hasta Pobla Tornesa. Luego continuar por la Cv-15 hasta La Vall d’Alba. En la primera rotonda, antes de rodear el pueblo, coged la Cv-159 dirección La Barona-Les Useres.

Enlaces de interés
Visitas guiadas y venta de vino en bodega. Imprescindible cita previa.
Tlf. 964 76 73 06 / 651 079 304
Turismo de la Provincia de Castellón http://www.turismodecastellon.com/

Un comentario en La tierra que nos une…

Itinerantur el 1 abril, 2016 a las 7:38 am:

Texto maravilloso para maravillosa tierra. Habrá que ponerse manos a la obra y enrutarse por el país del vino…

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